Pandilleros

Amores brujos

 

A Eros le gustaba salir de juerga con sus amiguitos olímpicos algunas noches por las calles de Roma, cuando las festividades propiciaban que muchos pardillos y cliéntulos acudieran a los banquetes y salieran de ellos borrachos como cubas, con las testas coronadas de flores marchitas y algún regalillo bajo el brazo, detalle de su señor o señora.

De manera semejante al apretujamiento del circo y del teatro, esa circunstancia callejera era ocasión propicia para, como dijo el máximo maestro en la materia, Publio Ovidio Nasón, encuentros fortuitos, amoríos, amistades y ligues que ningún mal hacían a nadie y de los cuales se podía gozar mucho sin mayores pérdidas. Pero también, fuera de lo amoroso, la oportunidad se extendía al campo de los bienes ajenos de índole más material, es decir, a que te robaran la bolsa y te dejaran tirado en un rincón entre basuras, vómitos y excrementos. O que jugaras mal tus cartas en los barrios donde las prostitutas ejercían en tabucos, cerrados únicamente con una cortina y guardadas por un matón exgladiador, la mayoría de las veces tuerto.

Eros y los otros chicos siempre tenían sitios buenos donde festejar, pues eran bien recibidos en todas partes, desde el Palatino hasta los arrabales. Sobre todo la presencia de Ganimedes era una fiesta en sí misma, porque preparaba los cócteles como nadie, y también se acogía con cariño a la dulce Hebe, con sus danzas celestiales que hacían babear a la concurrencia. Anteros creaba buenas amistades amorosas entre los hombres y las muchachas, y Harpócrates sabía sacar partido divinamente a los silencios que se producían entre pieza y pieza de los músicos, llenando la estancia de un rumor fresco como la brisa y cantarín como el agua de los arroyos.

La peste de la Roma nocturna eran las pandillas de gamberretes, la mayoría de ellos pijos de casa bien, incluso de la familia imperial, que se aburrían y sólo estaban a gusto cuando tramaban o cometían tropelías contra la gente común que andaba por la calle desprotegida, sin una mera pareja de esclavos fornidos que pudiera garantizar su seguridad. Eran la desdicha de los vigiles; aunque se las apañaban para no coincidir con estos y viceversa, de modo que Roma llegó a tener barrios o calles con vigiles de farol encendido y jabalina, pero sin delincuentes juveniles, y otras zonas apestadas de maleantes. En estas últimas, ningún ciudadano en apuros hubiera encontrado un vigil ni haciendo sonar la bolsa.

El caso que nos ocupa es el siguiente: una de las pandillas se encontró varias veces con los amigos de Eros en cenas y agasajos. Comprobaron los malandrines una y otra vez el éxito rotundo de aquel gang, y se dijeron que no había derecho y que su fama iba a menguar vergonzosamente si aquellos diosecillos chiquilicuatres les comían el terreno. Así que no se les ocurrió otra cosa que invitar a Hebe a una copa. Uno de ellos, el más chuleta, que por ser miembro de la familia Julia se las daba de descendiente de Venus, se llevó a la divinidad adolescente a un profundo sofá tapizado con deslumbrantes sedas orientales, que ocupaba un rincón oscuro y discreto de la estancia, y comenzó a pasar del galanteo a la violación, mientras sus amigos cuidaban el campamento. Anteros, que lo vio, dio la voz de alarma. Eros, inflamado de ira, quiso intervenir; pero Harpócrates lo contuvo y fue él quien en silencio se acercó al sofá, propinó un sopapo monumental, propio de un dios, al atrevido, y se llevó de la mano a Hebe llorosa, que hipaba como un bebé.

Los pijos, muy cabreados, decidieron pasar el resto de la noche en un prostíbulo para desprenderse de su disgusto y frustración metiéndose con las putas. Eros, que lo oyó, vio el cielo abierto. Reagrupó a su tropa y, disimulados entre las sombras de la noche con los mantos confeccionados por Vesta que los volvían invisibles, siguieron a aquellos pavos hacia el barrio de la Suburra. Eros acariciaba de vez en cuando sus armas y Anteros le daba el beneplácito meneando de arriba abajo la cabecita rubia. No sabía qué maldad tramaba su hermano, pero fuera cual fuese le parecía bien como castigo al hijo de perra que había pretendido deshonrar a una diosa y, más todavía, siendo esta amiga suya.

En aquel barrio había un lupanar famoso por la belleza de sus trabajadoras del sexo, con la peculiaridad de que ninguna de ellas era extranjera, egipcia, siria ni etíope u otros exotismos por los que los romanos perdían la cabeza. Eran blancas y bellas, con las cabelleras castañas bien peinadas, sus joyas falsas donde correspondía y la sonrisa siempre presta a florecer. No tenían mucha clientela porque los hombres las preferían rubias o negras espectaculares; pero los niñatos, con Julio a la cabeza, luego de insultar y maltratar a mujeres de otros establecimientos, recabaron allí.

Una tropilla de viejas esclavas, con la domina dominatrix Silvana a la cabeza, cuidaba y se ocupaba de aquel rebaño de bellezas. Ellas mismas habían recibido y saludado a los jóvenes olímpicos pocos minutos antes. Y como las mujeres siempre reconocen a los dioses y se ponen a su servicio, obedecieron a la orden de Eros de preparar una orgía para unos amigos que vendrían en un momento; así que las viejas, dirigidas por la jefa Silvana, lo dispusieron todo primorosamente. La primera parte de la treta cuajó.

La segunda, también. Estando ya en pleno desenfreno las chicas y los muchachos, y los dioses esperando en el vestíbulo con Silvana, entró Eros en la sala de la fiesta encapotado de invisibilidad e hizo que cada una de las viejas esclavas se colocara junto a cada una de las parejas, como para llenar sus copas o hacer algún otro servicio. Lo demás fue pan comido. Las flechas de oro y miel fueron a clavarse en los Julios y Pompeyos, y también en las ancianas servidoras. Una para cada uno.

Fue una de las bromas más pesadas que recuerdan los anales. Los pobres patricios se enamoraron de las esclavas provectas y ellas de ellos. Aquellos amores resistieron a la noche y se proclamaron a sí mismos emparejados y hasta melosos, a la luz del día, en las domus y en el foro, en los templos y a la puerta del Campo de Marte. Las familias de los muchachos no sabían dónde esconder su vergüenza. Pero fue un buen escarmiento, y los niños del Olimpo se desternillaban entre las nubes y se meaban de risa, mientras Vesta los fulminaba con mirada reprobadora.

 


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