Orfandad

El asombro del tritón

 

Aquella señal me alarmó. ¡Qué extraño! No la recordaba de otras veces… Reduje la velocidad e intenté relajarme, sin embargo, de súbito, noté que tiraban de mí hacia arriba. ¡Algo me estaba succionando con una fuerza titánica! Creí que todo mi ser iba a estallar. Era lo mismo que intentar nadar en el vórtice de un tornado.

Fue todo muy rápido. Luego, quedé en suspenso. Una quietud anómala no me dejaba avanzar. A mi alrededor se había creado un muro de contención invisible.

Oí voces:

—Bueno, ya está. Apriete el algodón con fuerza durante unos minutos hasta que deje de salir sangre. Así no le quedará marca.

—Lo ha hecho usted muy bien, señorita. La próxima vez me la pido. Su compañera me tiene frito. Cuando está de malas me pincha hasta dos y tres veces. Dice que no me encuentra la vena… ¡Y no vea cómo duele!

—¡Ja, ja, ja! Mire que es exagerado, don Marcelino…

Mi techo es un tapón de plástico blanco, infranqueable. Tengo frío, me hiere esta luz y no sé qué pinto fuera del cuerpo sin coagularme. ¿Qué va a ser de mí?

—Adiós, don Marcelino, cuídese mucho. ¡Hasta la próxima!

—Tú también, guapa. Adiós, adiós…

¿Y ahora te vas y me dejas aquí sola, por culpa de esta chupa-sangre? ¿Por qué, Marcelino? Yo te amaba. Eras mi vida…


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