Números pares

Una sección propia

 

Érase una vez en una calle de la zona alta, una travesía apartada y corta. En un barrio con pavimento antideslizante y pedales para abrir los contenedores de basura.

Pocos coches pasaban por allí desde que cambiaron la dirección del tráfico, ya que era un rodeo inútil al ir a parar a una avenida de sentido único que te devolvía al mismo ramal que llevaba a esa calle. Se escucharon rumores, se dijo que fue una maniobra del mismísimo alcalde porque en uno de los números pares vivía una de sus queridas. Pero la verdad es que allí, vivir, vivir, no vivía nadie. Y es posible que lo de la circulación no fuera intencionado, sino un absurdo más de la municipalidad.

Sí, era un número par. Era una puerta de roble oscuro y vetas negras, antigua y pesada, alta, con molduras, rosetones y tachuelas gordas. Era un edificio con ralea, con rejas y balconeras de forja decorada, muros de cantero y aparejos de sillería, con umbrales de mármol y cavidades para vestir vírgenes.

Era medianoche fría de marzo, pero de puerta y muros hacia dentro la temperatura oscilaba entre los 24 y los 28 grados, dependiendo de la estancia. Nada más traspasar el quicio centenario, que apartaba la casa de la acera helada y discreta, había un vestíbulo de suelo claro reflejando el cerco de una lámpara de opalina roja; las paredes eran blancas y en una de ellas, como único elemento decorativo, colgaba una reproducción de L’origine du monde, del mismo tamaño que el original y cercado por un marco sencillo y liso, también blanco. En el tabique opuesto había una puerta con moldura inglesa y cristales amarillos a través de los que se colaban destellos e intermitencias provenientes de una bola giratoria de espejos que, tras esa puerta, coronaba una pista de baile con paredes forradas en tela color chocolate y listas blancas, y quedaba flanqueada por una barra de acero inoxidable con remates de terciopelo rojo, igual que el asiento de los taburetes y los sofás de los reservados. Allí lucía otra copia, esta de Le déjeuner sur l’Herbe, y la figura de la primera mujer brillaba pálida entre tonos oscuros, su sonrisa y su piel fulguraban dulces como el fluorescente que alumbraba el inicio de la tiniebla imperante y anónima de un pasillo francés con sus pertinentes orificios acolchados, a diferentes alturas, y en los que se desbarataban almas y sensaciones, y ruido de laringes y otros tactos palatinos, y humedad liberada desde ambos lados.

Más allá de la penumbra, el corredor desembocaba en una sala diáfana y fuertemente iluminada cuyo centro acogía una cama redonda de dimensiones extraordinarias, de látex rosa, y en la que decenas de lenguas desbocadas se atragantaban. Reinaba la convivencia entre pechos y nalgas, codos y vientres, índices y pulgares, y sexos pares y dispares se abrazaban anatómicamente en una fortuna inacabable de espasmos y carne, de interioridades, eclosiones, súplicas, órdenes, victorias y vencimientos. En el zénit de la escena, un azogue mayor que la misma cama refulgía sin pudor el intenso albedo de la intimidad total emancipada.

Casi imperceptible, había un paso desde el que una escalera conducía a un sótano lúgubre y sombrío, a la entrada un proyector reproducía y esputaba diapositivas con bocetos a plumilla de Francis Bacon, puede que de Crucifixión. Crujían los pasos en la madera curtida por las agujas, olía a piel tersa y rojeces, a punción, flecos y martinet, a quejido converso y placer encallado. El cuerpo de un hombre obeso yacía bocabajo sobre un plinto de madera, un collar de perro prendido al cuello lo encadenaba a él; una máscara de piel negra le tapaba la cara. El hombre estaba muerto.

Los médicos de la policía determinarán que murió de un infarto, y la mezcla de alcohol, latigazos y cocaína será la causa más probable. Los investigadores podrán asegurar que hasta la casa llegó andando. Habrá mucho secretismo. El muerto era el alcalde.


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