Nothing to Lose

Un salacot en mi sopa

 

Entre las muchas imágenes de desenfadada psicodelia que pueblan The Party (El guateque, Blake Edwards, 1968), nos concentraremos en la de una chica francesa vestida de amarillo que, guitarra en ristre y vocecita almibarada, canta el tema Nothing to Lose, de Henry Mancini, ante un atolondrado Peter Sellers con el rostro embetunado. ¿Recuerdan la escena?

Ella es Claudine Longet, y en la película interpreta a Michèle Monet, una de las invitadas a la fiesta que un pez gordo de Hollywood ofrece en su chalé. Él (Sellers) es Hrundi V. Bakashi, un figurante hindú que se cuela por error en el guateque y que, con sus torpezas, se convierte en la china en el zapato del orden establecido. Por supuesto, hablamos de un orden disfrazado de caos —al fin y al cabo, se trata de una fiesta—, por lo que el pretendido desmadre está controlado, al menos en teoría y hasta que un elemento ajeno al stablishment acabe imponiendo su presencia, tan divertida como incómoda.

¿Un reflejo de los cambios sociopolíticos que trajeron consigo los años 60? Pues es muy probable que las revoluciones iniciadas en París y Praga, así como la oposición a la guerra de Vietnam y el movimiento hippy californiano tuvieran algo que ver. Todo un cambio de paradigma, una época llena de turbulencias que la Longet afrontaba con su mejor sonrisa y como si nada de eso fuera con ella mientras seguía musitando con su dulce acento francés: nothing to lose. Y así fue: nada —o bastante poco—iba a perder, habida cuenta del siniestro embrollo en el que se metió ocho años después de rodar la película.

La vida de esta mujer de apariencia frágil y aniñada ha quedado asociada a la crónica negra, y podría explicarse jugando con los títulos de las baladas que ella interpretaba, muchas en inglés, con un estilo intimista y acaramelado del que también hacían gala Françoise Hardy, Sylvie Vartan, France Gall y Jane Birkin. Todo deliciosamente francés. Algunas de sus canciones, como Love is Blue, Snow, It’s Hard to Say Goodbye, God Only Knows o Méditation, por ejemplo, serían un buen compendio de su existencia a partir de los hechos acaecidos en 1976. A tenor de cómo se desarrollaron los acontecimientos, incluso Nothing to Lose, la canción que Henry Mancini compuso para The Party, resulta ciertamente premonitoria. Pero antes de entrar en honduras, sepamos algo más de Claudine Longet.

Nacida en París en 1942, a los dieciocho años se plantó en Las Vegas contratada por Lou Walters, padre de la periodista Barbara Walters. En un registro muy diferente al que tendría después, Claudine llegó a ser la bailarina principal de la revista Folies Bergère en el teatro Tropicana de la ciudad de los casinos. Fue precisamente en Las Vegas donde conoció al cantante Andy Williams, con quien se casó en 1961 y cuyo éxito más sonado era Moon River, la canción que formaba parte de la banda sonora de Breakfast at Tifanny’s y que el crooner popularizó.

De nuevo nos encontramos con el tándem Mancini-Edwards, compositor y director respectivamente, como telón de fondo de la vida de la Longet. De la mano de su marido, Claudine pasó a formar parte del gran mundo, no solo de la farándula, sino también del político. Hasta llamaron Bobby a uno de sus hijos en honor al candidato a la presidencia Robert Kennedy, uno de los amigos de la pareja. El 4 de junio de 1968, los Williams acudieron a la celebración privada con la que el candidato tenía pensado agasajar a sus invitados tras el discurso que dio en el hotel Ambassador de Los Angeles, lugar donde le dispararon a quemarropa, con las consecuencias que este hecho tuvo para la historia de los Estados Unidos en aquellos convulsos años sesenta y setenta.

Tiempo después, ya divorciada de Andy Williams, Claudine Longet volvió a participar, esta vez de forma activa, en el escenario de un crimen. Durante el invierno de 1976,  la francesa convivía en Aspen, Colorado, con el esquiador olímpico Vladimir «Spider» Sabitch, una gloria local en ese paraíso invernal para millonarios. En medio de un ambiente de privilegios y vacuidad parecido al que se describía en El guateque, Claudine le descerrajó un tiro al esquiador y lo mató, parece ser que por celos.

Lo que vino a continuación fue el paroxismo, la publicidad malsana, ciertos repuntes de xenofobia contra la extranjera que no era nadie y había osado arrebatarles a una gloria nacional, y también un circo judicial que exoneró a Claudine de su delito, tildándolo como «negligencia criminal». Le impusieron una condena de treinta días de arresto, y, para más inri, se permitió que ella misma eligiera el período que mejor le viniera para cumplir la pena. Claudine decidió ingresar en prisión a la vuelta de unas vacaciones en México junto a su abogado y siguiente marido, después del curso escolar. Se le concedió otro capricho: pintar su celda de color rosa.

Nunca más volvió a actuar y muy poco se supo de ella a partir de entonces. Su entrada en la cultura popular, no obstante, es un hecho constatable: desde alusiones de dudoso gusto en un sketch del programa Saturday Night Live por el que tuvieron que disculparse públicamente, hasta una portada en la revista People Weekly, pasando por la canción Claudine, compuesta por Mick Jagger y que por problemas legales no pudo aparecer en el álbum Emotional Rescue, aunque sí se encuentra en algunos discos recopilatorios de los Rolling Stones. En 2003, incluso la propia Claudine participó en un documental televisivo dedicado a Andy Williams, pero nunca más hubo, por su parte, ni una sola mención al crimen.

Como sucede con la Claudine que protagonizó la saga de Colette (cinco novelas publicadas entre 1900 y 1907), las vicisitudes de la Longet están enmarcadas en un ambiente burgués de hipocresía y cinismo en el que el escándalo —en especial si tiene connotaciones sexuales— se contempla como un aliciente para la crítica y el regodeo. Pese a tratarse de dos sociedades distintas separadas por casi un siglo, hay aspectos que cambian poco. En cualquier caso, lo que permanece en ambos personajes, el real y el de ficción, es el espíritu mundano, la osadía y grandes dosis de puerilidad.

¿Nothing to lose? Juzguen ustedes mismos.


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