¡Nos vamos de fiesta!

Un salacot en mi sopa

 

Imaginen un pueblecito idílico del valle del Loira a finales de la II Guerra Mundial al que un buen día, huyendo del París ocupado, llega un tipo de ascendencia rusa y pinta de Quijote que atiende por Tatischeff.

Imaginen que una vez acabada la contienda, el tal Tatischeff abandona el lugar, no sin antes prometer a sus habitantes que pronto regresará al pueblo para rodar una película en la que ellos serán parte importante.

Concéntrense ahora en ese lugar de la campiña francesa: Sainte Sévère-sur-Indre, y trasládense al año 1947. ¿Pueden verlo? El pueblo está tomado por cámaras, técnicos y gentes del cine dispuestas a inmortalizar un día de fiesta a las órdenes del larguirucho y desgarbado Tatischeff, conocido en el siglo como Jacques Tati.

En efecto, el bueno de Tati hizo honor a su palabra, y el paisaje de Sainte Sévère se convirtió en el escenario natural de Jour de fête, su primer largometraje, rodado simultánamente en blanco y negro y en color. Aunque por problemas técnicos la versión que se estrenó en 1949 fue la de blanco y negro (la otra no pudo verse hasta 1995), la mirada de Tati no deja lugar a dudas, y el color se acentúa al mostrarnos lo extraordinario; es decir, lo que rompe con lo cotidiano. Contrastando con los tonos neutros de las casas y las ropas de los lugareños, el color explota cuando aparecen las guirnaldas y banderas que adornan el pueblo y, por supuesto, cada vez que la cámara se detiene en el tiovivo. Son precisamente los caballos del tiovivo, a los que sigue un niño saltarín para recibirlos y despedirlos, los que abren y cierran la película mientras suena la hipnótica banda sonora. Una estructura circular que, poniéndonos miltonianos, nos remite al paraíso perdido hecho poema visual.

A través de las andanzas de François, el inefable cartero-ciclista interpretado por Tati, somos testigos –casi aprendices de antropólogo- del revuelo que causan en el pueblo los preparativos de la fiesta local. Pero más allá del innegable protagonismo del cartero y del ambiente coral (vecinos, visitantes, feriantes), el hilo conductor, quien nos guía y nos cuenta los entresijos, es la anciana encorvada y ataviada con cofia blanca y mandil negro que deambula por el pueblo con una mano apoyada en un bastón y con la otra sujetando la cuerda donde lleva atada a una cabra.

Se trata de una campesina sabia al estilo de los rústicos de la novela pastoril. Un símbolo de la tierra, de la madre nutricia que, como a Amaltea, se la identifica con la cabra. Es, a la vez, una figura casi demiúrgica que deviene en voz narrativa, y asimismo, uno de los pocos personajes interpretados por un actor profesional. Y digo bien: actor, porque quien se esconde tras los rasgos de tan singular personaje femenino -como ocurría en el teatro clásico griego y en el kabuki japonés- no es una mujer, sino un hombre: el comediante francés Delcassan.

En la película, el Tati director y guionista se sitúa entre un bucolismo muy de égloga virgiliana y un tono satírico típico de Molière o de la comedia burlesca del Siglo de Oro español. Su François, heredero también del cine mudo y de cómicos como Keaton y Chaplin, es un prodigio de lenguaje corporal, un gag en sí mismo. En Jour de fête, la palabra se transforma en un murmullo ininteligible integrado en el ruido de fondo, en los mugidos, gruñidos y cacareos de los animales. Y por supuesto, también en la música que subraya lo disparatado de una acción que tiene más de anécdota cotidiana que de argumento al uso.

Reinterpretando a Ortega, lo que queda al final es un hombre y su bicicleta, que es su circunstancia. Un hombre con aspecto de Mortadelo y casi tan cenizo como Filemón; una suerte de Felipe Gafe que aspira a repartir el correo con la misma celeridad que esos carteros americanos –unos hachas atravesando fuegos cuando hace falta y distribuyendo cartas desde el helicóptero-. Claro que François, obcecado por su lema “rapidité, rapidité”, no repara en que América tampoco es tanto como la pintan, y en su infinita ingenuidad, ignora que hay por allí incluso algún que otro cartero que se entretiene en llamar siempre dos veces.

En cualquier caso, tiempo es dinero, aunque como era previsible, el sueño americano de monsieur le facteur acabará frustrado porque ni el skyline de Sainte-Sévère es el de Nueva York ni su maltrecha bicicleta se asemeja en nada a un helicóptero. Y es que el cuerno de Amaltea no está para demasiadas abundancias, y menos en tiempos de postguerra. Así pues, la vieja hada madrina, con su cabra a cuestas, será incapaz de transformar la calabaza de François en una carroza americana. No obstante, hará algo aun mejor: convencer al pobre botarate de lo inútil del intento. Esos americanos son tan suyos que ni siquiera merece la pena imitarlos… Ah, les américains!

 


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