Noche de reyes nocturnos

La sombra liberada

 

En una de sus novelas, Mircea Cartarescu cuenta las aventuras de un joven maestro de primaria y, más allá de la página 100, se atreve a describir la profesión del protagonista. Cuenta que los niños y los adultos son dos especies no solo distintas si no enfrentadas con una hostilidad irreductible. Dice que los pequeños son seres delgaduchos, de huesos frágiles, conservadores de los secretos que los mayores olvidaron al descubrir los misterios del sexo y las drogas. Dice Mircea que la función del maestro es la de un mercenario más o menos involuntario que combate en esa guerra, un mercenario que debe custodiar la esclavitud y la ignorancia de los niños, que debe repartir entre ellos, como quien da la eucaristía, los rudimentos de una nueva intelección.

Este fragmento del genio rumano me tuvo ocupado durante unos días. Uno nunca sabe qué zona de su cerebro se verá afectada por las lecturas dañinas. A mí me afectó en la memoria. Recordé una de mis pesadillas infantiles, que de repente se me manifestó con una energía y una vivacidad exasperantes. Me acordé de que los Reyes Magos, esos, sí, los que traen regalos en la noche del 5 al 6 de enero, me producían una inquietud tremenda. El niño que fui veía con angustia a esos tres tipos raros montados en camellos, tres tipos raros que lo sabían todo de uno, que viajaban a la velocidad de la luz y que podían penetrar en tu casa, por la noche, con una impunidad escalofriante. Hasta que mis padres no me contaron que los reyes eran de ficción, viví algunas navidades muy malas por su culpa. Yo intuía que, en la nocturnidad y el sigilo de los tres tipos, había algo maligno, un secreto oscuro. Tenía que haberlo, era necesaria una maldad oculta en la generosidad aparente que disimulaba un interés espúreo, una perversión feísima. Los niños hijos de padres pobres saben que nadie da regalos a cambio de nada y además estaban las advertencias de las abuelas: desconfía, niño, desconfía de los hombres que regalan caramelos por la calle.

Ahora, cuando recuerdo mi desazón infantil, siento algo, procedente del pasado, me hiere: quizás toda mi vida ha sido presa del horror o por lo menos de la sospecha del horror agazapado tras la máscara más amable, más sonriente, más bondadosa. Quizás es por eso que sigo desconfiando de políticos y de policías, de gurús, de cualquiera que te promete algo mientras apela a tu ingenuidad. Eso sería otro asunto, por supuesto. Hace algunos años tuve un alumno (sí, yo también soy maestro de primaria, como el protagonista de la novela rumana) que vivía seriamente preocupado después de haber visto una película que miraba su padre, a menudo, y en la que aparece un payaso asesino. Empaticé con la preocupación de mi alumno y me esforcé en contarle la diferencia entre realidad y ficción. Todo mi empeño fue en vano, por supuesto.

Con el paso de los años, el destino me llevó a trabajar con alumnos de origen norteafricano y de religión musulmana. Así que, cada vez que llegaba el fin de año y los Reyes Magos se personaban en la publicidad de sus pantallas, sus progenitores les insistían en que eso era una farsa, y una farsa impía, para más inri. Los niños de padres musulmanes nos consultaban a los maestros, o por lo menos a los maestros que les inspiraban alguna confianza y de quienes esperaban una respuesta verosímil o algo plausible por lo menos: esos reyes magos de la publicidad ¿existen? Año tras año, yo balbuceaba respuestas indignas, de alucinado, vagas referencias a los mitos y su inexactitud, intentos torpísimos por definir lo legendario y distinguirlo de lo histórico y lo científico, y me embarullaba en disertaciones mediocres sobre las creencias, el respeto debido hacia ellas, todas esas memeces. A veces me preguntaba por qué soy tan ineficaz ante esas preguntas. Y hoy, gracias a un escritor de Bucarest, descubro el origen de mi ineptitud: sus preguntas cuestionaban mi antiguo terror sepultado bajo décadas de vida como humano adulto.

Ahora lo recuerdo muy bien: de niño, me imaginaba a tres jinetes tenebrosos surcando las nubes siniestras del invierno montados en animales feos, abalanzándose contra mi balcón como los protocohetes alemanes contra el Londres de 1943, tres nigromantes negros capaces de traspasar los muros, fantasmas abyectos, espectros horrendos, una tríada de malvados ángeles caídos que depositaban cajas como de regalo en el comedor con sus manos huesudas, garras de uñas afiladas, de fiera abisal, dedos descarnados que ansían carne joven para procurarse una longevidad malsana, pútrida. Imaginé que abría una de sus cajitas y descubría una cabeza de humanoide decapitado, medio corrupta, albergue de miríadas de gusanos rosados, formados por una sustancia semilíquida envuelta en una leve epidermis suave y blancuzca, débil, enferma.


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