Nazario

Retales

 

La tarde cae. La madreselva en una explosión de flores, “in blossom”, “en un esclat d’olor”, rezuma perfume que el aire escampa en ráfagas discontinuas. La madreselva amenaza con sus capullos todavía verdes, cerrados, hacerse insoportable con su aroma.

Pesa el aire. El verdor del patio no es aéreo, no refulge como por la mañana.

No ocurre nada y ese silencio tortura la propia tarde.

Nazario dormita. Quisiera volar hacia un lugar lejano. Ajeno a casi todo, se abandona a la desidia. Su rostro está inmóvil, su cuerpo también.

Nadie le ayuda, y él, solo en la noche de la tarde, no se atreve a levantarse de la hamaca.

Recuerda. No quiere recordar. ¿Cuál es el lugar lejano? ¿A dónde quiere ir? Apenas si sabe qué significa ir.

Pero entonces se levanta, se calza y se echa a andar.

Su silueta se vuelve sombra en la tarde. Únicamente él en el camino incierto.

Ni tan solo lleva chaqueta.


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