Navidad en los plumieres

Cruzando los límites

 

Estábamos celebrando la Nochebuena en la discoteca. Repartían caballo en los lavabos. Las chicas estaban histéricas. Una de ellas se había metido en uno de los excusados gritando. Estaba preñada de nueve meses y llevaba una borrachera de campeonato. En cuanto se metió una raya, empezó a aullar como si estuviera poseída. Tenía los dientes pequeños, separados, los labios hinchados. No me gustan las mujeres, pero en ese momento y en mi estado me la hubiera comido a besos, si no hubiera sido porque apenas podía moverme en aquel estrecho espacio junto a los lavabos donde intentábamos fumar y colocarnos una decena de imbéciles que en lo único que pensábamos era en el otro lavabo, donde seguramente otra docena de imbéciles se la estaban meneando.

En medio del caos dieron las doce. El humo no me dejaba abrir los ojos, estábamos tan apretadas que apenas podíamos agacharnos, pero el ritual se imponía. Había que sacarse las bragas para darle la bienvenida a la Navidad, levantarlas hacia el techo donde palpitaban dos bombillas que apenas emitían luz y gritar. Entonces me di la vuelta y allí estaba, en la puerta del retrete donde aquella desgraciada había decidido parir, un niño en carne y hueso, desnudo, lleno de sangre de la cabeza a los pies, el puto niño Jesús y nosotras con las bragas levantadas reclamando carne. El bebé se había escurrido por debajo de la puerta, junto con una de las piernas de su madre, que emergía, desnuda y ensangrentada. Aún llevaba el cordón umbilical.

Chicas, chicas, chicas, grité todavía más fuerte, y señalé hacia el suelo. Ante la aterradora imagen, todas quisieron salir de los plumieres a la vez, pero yo no quería, yo necesitaba ayudar a aquel niño Jesús que no podía morirse en aquellas condiciones, quería cortarle el cordón con los dientes, llevármelo, salir a la disco, alzarlo entre mis brazos y decir he aquí el Niño Jesús que ha venido a salvar el mundo, estamos en Navidad.

Al día siguiente, encontraron al niño Jesús en uno de los contenedores de la parte de atrás de la discoteca. La madre había desaparecido. Me lo dijeron cuando conseguí recuperarme del coma etílico por el que me habían ingresado en el Clínico. Otro año sin esperanza. En lo primero que pensé fue en mi proveedor de caballo, y me quedé mirando el pasillo con la esperanza de ver sus guedejas rubias, sus andares cansinos y sus ojos azules, y estiré la mano hacia la bolsita que mi niño Jesús me traía cada semana.


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