Nada personal

Oscuro, casi negro

 

El tipo no me caía nada mal. Incluso cuando abrió la puerta de la habitación de aquel sórdido hotel con pasillos estrechos y alfombras con olor a moho y me vio sentado en el sillón de enfrente, reaccionó muy bien. Se quedó quieto como una estatua, con el periódico debajo del brazo y la gabardina colgando. Supuse que esa inmovilidad tenía algo que ver con el revólver Smith&Wesson del 38 que relucía en la mesilla bajo la luz de una bombilla de 25 vatios tamizada por una pantalla de color crema rancio. Le hablé con la voz más profesional y amistosa que pude, le dije que se sentara en la cama y dejara todo encima sin tocar nada y pusiera sus manos en las rodillas. Quería darle tiempo para asimilarlo, que comprendiera que yo sólo era un asalariado, que no era nada personal, que un trato es un trato. Se relajó, me dijo: ¿Puedo fumar? y le contesté: Claro que sí, amigo. Fumamos en silencio, mirándonos a los ojos; él sabía que no tenía ninguna oportunidad. Estaba tranquilo, y sólo cogía la alianza de su mano izquierda y le daba vueltas sin parar mientras fumaba aspirando la vida que le quedaba. Nunca supo que aquel gesto le salvó la vida, aquella alianza era exactamente igual que la mía. Le dije: Tío, hoy es tu día de suerte, olvídame y vete de la ciudad antes de esta noche. Bajó la cabeza, se puso a llorar e hizo un gesto de afirmación con la mano. Cuando salí a la calle, un reflejo rojo iluminaba mis pasos y sentí un agradable flujo de calor que me subía desde el dedo anular de la mano izquierda.

Fotografía: Christopher


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