Mis bragas

A veces digo cosas

 

Mis últimas bragas ponibles son unos calzoncillos. Me ha pillado el año nuevo algo despistada, con acumulación de faena, fuera de juego, a la mía, o a la de los demás, que no sé nunca dónde está el límite de lo impuesto y lo aceptado.

El caso es que a falta de bragas limpias llevo unos calzoncillos, de dibujos animados para más sorna. Aparecieron entre los regalos de cumpleaños cuando me acercaba fatídicamente a la temida cuarentena. Pues ahí estaban. Supongo que con la intención de suavizar el golpe, sin entender, quién quiera que fuera que los eligió, que ejercían el efecto contrario; como si aumentaran el poder de la gravedad. Como si cogiéndome de la nuca, una mano potentísima, masculina y callosa, me hundiera la cara en un cubo de arrugas, manchas y vejez, que empujaría mis ojos hasta sepultarlos, todavía más, dentro de las cuencas y descolgaría mis pómulos irreversiblemente. Ya está, ya eres lo suficientemente vieja para añorar por siempre jamás la adolescencia.

Y espero, por dios, que no me pase nada.

Que no me pille un coche y me parta por la mitad. Que no me lance contra la acera uno de esos críos que estrena regalo de reyes y no controla los virajes salvajes lo suficiente como para esquivarme a tiempo. Por dios, por dios, que no me arrastre un runner de los que van con los ojillos cerrados para sentir el sol de invierno y fundir sus pasos galopantes con la intensa música de su IPod (¿se dice IPod todavía?).

Ya imagino mi cuerpo desparramado por tierra, muerto, o peor, con algo roto, o peor, sólo herido en el orgullo. En cualquier caso con mis no bragas asomando. El culo o la rabadilla o medio muslo asomando y de fondo, cubriendo mis carnes magras, los estúpidos dibujos animados sonriendo más que nunca, luminosos, con sus bracitos largos y ondulados que simulan movimiento.

Y yo queriendo explicarme, queriendo gritar que no tuve tiempo de poner la lavadora, que antes las mallas de mis niños y el chándal del Madrid y la camisa de la suerte y que estaba esperando tener bastante ropa clara (desde que el pequeño dejó el judo ya no es tan fácil) para lavar el único sujetador decente que me queda y que las bragas se lavan con los sujetadores porque tengo esa manía y que lo de mi familia está antes que “lo mío” que soy madre y esposa ANTETODO y no podía ponerme por delante y además (a estas alturas supongo que ya habría estallado en llanto) no me queda jabón del bueno, del LIDL y que quién soy yo para poner la lavadora a mitad que ni que el planeta fuera mío.

Pero no me saldrá. Estaré toda tumbadita en la calle pensando en lo mal que sale la sangre de las prendas de algodón y, mirando alrededor, comprobaré que ya todo el mundo ha sacado su móvil para grabar mi muerte, mi accidente, mi caída… lo que surja.

El único anciano que no ha sucumbido a la necesidad de la comunicación inmediata tapará mi cuerpo inerte o recogerá mis pertenencias desparramadas por el asfalto y me preguntará si sé cómo me llamo o, simplemente, me dará la mano para ayudarme. Pero ya dará igual, todo el mundo habrá visto mis no bragas y ya no podré defenderme. La tele, la prensa o el corro de la cafetería (según la gravedad del caso y el resto de noticias), se harán eco de mi destino, y Finn y Jake posarán para los medios sobre su fondo ridículamente fluorescente y se sabrán ganadores.

Que no me pase nada, por Dios, que no me pase nada que mi madre me mata y no me ha dado tiempo a lavar las bragas.


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