Mirmanda

La sombra liberada

 

Dice el verso de Jacinto Verdaguer que “cuando Barcelona era un prado, Mirmanda ya era ciudad”. (En catalán, prat i ciutat riman, tal como se puede ver).

Hace años compré un libro de Claudio Magris editado en la colección Mirmanda, y me lo llevé a una de las visitas al hospital en donde mi padre pasó los últimos meses de su vida, para leer durante el viaje, y él, cuando lo vio, lo agarró con las dos manos y lo miró con intensidad, sorprendido, sin darse cuenta ni siquiera de que entraba la cuidadora, le renovaba el gotero y se llevaba el orinal. Me percaté de que no miraba ni el título ni el autor, sino la palabra Mirmanda, estampada en letras blancas sobre una cinta negra. Sus ojos parecieron caer en un ensimismamiento triste y a la vez maravillado, y me pareció que mi padre estaba viajando muy lejos, planeando con suavidad por encima de montes y cordilleras y valles, cruzando ríos, sobrevolando bosques y años, años y más años, hasta aterrizar, suavemente, en un paisaje de su infancia, para encontrarse ahí consigo mismo pero niño, niño serio y triste, en medio de un camino que avanza entre olivares, a la derecha, y viñedos, a la izquierda.

Unos minutos más tarde me preguntó que significaba Mirmanda y no supe darle una buena respuesta. Musité algo sobre una ciudad legendaria, improvisé algo sobre las ciudades imaginarias y seguro que me embarullé hablándole de otro libro, uno de Italo Calvino. Él negaba con la cabeza y con una sonrisa leve, alejada, la sonrisa del que sabe algo, del que intuye la solución de la adivinanza más críptica. No es eso, no es eso…, decían sus ojos, que por aquel entonces habían adquirido un color nuevo, acuoso, con transparencias de un gris azulado en unas pupilas que siempre habían sido marrón violín.

—Cuando era pequeño, allí en el pueblo, había algo que se llamaba Mirmanda. Pero no recuerdo… —dijo, horas más tarde, mientras me iba.

De vuelta a casa intenté dilucidar que podía ser Mirmanda en su mundo y no di con ninguna respuesta buena. En el poema de Jacinto Verdaguer, la ciudad de Mirmanda está en el Rosellón francés, se la tragaron las aguas en una crecida y solo pueden verla algunos campesinos muy afortunados, ya que, tras la visión, unas hadas misteriosas les conceden grandes riquezas. Y mi padre no fue campesino, no estuvo en el Rosellón y era muy pobre.

Años más tarde, cuando mi padre ya había muerto, pasé un día cerca del pueblo del abuelo, su padre, y en el que vivió durante los tres años de la guerra civil para ahorrarse los bombardeos y sobretodo el hambre que habría sufrido en Barcelona. Algo, a la derecha de la carretera, llamó mi atención. Paralelo al asfalto había un sendero entre viñedos en el cual se levantaba un pequeño cartel, un rectángulo blanco montado encima de un poste de no más de un metro de altura. Algo tuvo que advertirme, ya que de lo contrario jamás me habría fijado en él. Detuve el coche en el arcén y lo contemplé. Ahí estaban las letras, negro sobre blanco: Mirmanda. Eso está en las afueras del pueblo, yendo hacia el pueblo siguiente en dirección a poniente, aunque no había nada destacable a lo largo del camino, que parece discurrir por los campos para perderse entre cultivos.

Pregunté en el pueblo pero nadie supo darme razones de esa Mirmanda del cartelito en los campos. Quizás es el nombre de una finca, me dijo uno, pero vi que no tenía ni idea. Sin embargo, de repente, me sentí arrastrado por una emoción como un vendaval que se levanta de la nada, furioso y polvoriento, arrollador, para alzarse luego hacia el cielo y fundirse en él, para desaparecer y dejar solo el recuerdo de una furia extraña que nos visitó. Había encontrado algo sobre Mirmanda por fin, algo que pudo tener relación con mi padre cuando era niño y esperaba el fin de la guerra en el pueblo más bien antipático y hostil de donde emigró el abuelo cuando era muy joven. Creo que mi padre siempre anduvo algo perdido entre ensoñaciones, dudas y visiones oscuras, aunque se sentía obligado a mostrarles, a sus hijos, la imagen de un hombre cabal y racionalista, un engaño para consigo mismo que siempre fue una fantasía mal pertrechada, construida sobre un andamiaje endeble de aseveraciones más o menos tópicas sobre la realidad fastidiosa, la lucha de clases, la economía y eso que nos enseñan a nombrar “la verdad objetiva” pero que nadie sabe lo que es.

Mientras contemplaba el cartel con la palabra Mirmanda me vino el olor de los desinfectantes del hospital en donde mi padre murió, y me llegó el recuerdo de la mañana en que sonó el teléfono para comunicarme que había fallecido de madrugada, mientras dormía. Aunque siempre dormía, porqué iba hasta las cejas de morfina en sus últimas semanas de vida. Pasó un cuervo solitario, soltó un graznido y siguió cielo arriba, describiendo arcos muy amplios en el aire cálido y rosa anaranjado de la tarde. Me extrañó eso, porque todo el mundo sabe que los cuervos nunca vuelan solos.


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