Milena

Cruzando los límites

 

Milena vio como el hombre ocupaba su lugar. No podía echarse a su lado, solo tenía 17 años y esa bestia debía tener más de cincuenta. Cada vez había menos cajeros en los que se podía dormir, y este debía ser el único lugar del mundo donde el calentamiento climático se parecía a una edad del hielo. Milena había nacido en Ucrania, y sus padres la vendieron con catorce años a un proxeneta que la llevó a Suecia. Allí se la entregaron a un experto en vencer la resistencia de las recién llegadas. el segundo mes con una eslovaca que parecía hecha de acero de Renania.

Resistió, perdió peso, se hizo dependiente de alguna droga que nunca supo cómo se llamaba y por fin empezaron a llevarla a hoteles donde una y otra vez la autodenominada gente de bien la violaba. Tenía 15 años.

Debía ser de la piel del diablo, pues le rompió la cara a un tío de una patada. Estuvieron a punto de matarla. En lugar de llevarla a un hospital, la llevaron a una cabaña en el norte, donde un matasanos le hizo un desgraciado remiendo. De esa experiencia, heredó un par de dedos congelados y una ligera cojera para siempre. Uno de los tíos con los que se había acostado intercedió para que no la mataran y estuvieron pensando en mandarla a un prostíbulo en el sur de África, pero no hubiera durado demasiado, o la matan sus compañeras por acaparar a la clientela o agarra el sida y se muere en menos de dos años en un apestoso tugurio de Maputo. No sabían qué hacer con ella.

Hasta que la enviaron a España, a un burdel de la frontera, donde compartía ocupación con otras sesenta chicas, bien alimentadas y mucho mayores que ella. Por su edad, la dedicaron a labores de mantenimiento y captación de la clientela. Servía bebidas, limpiaba y hacía de escaparate en el bar, y cuando los tíos se encaprichaban de ella, los enviaban con Araceli, que se parecía, tenía el mismo origen, los mismos aires de diosa eslava y la misma mirada de agua clara, pero era diez años más vieja, diez días tarde para el aroma de las rosas. No pasó mucho tiempo hasta que empezaron a solicitar sus servicios en la trastienda, para gente poderosa cuyos nombres no debía conocer, pero los vio sonriendo en las cuatro televisiones de su antro y tuvo la peor idea de su vida: pedir una vida mejor a cambio de silencio. En represalia, la enviaron a Barcelona, a un burdel de la ciudad donde tenían a las menores encerradas. Su paisaje se redujo, con solo 16 años, a diez metros cuadrados, una cama y un espejo con el que hablaba mientras trataba de no arañar las espaldas relucientes de grasa que la ocultaban.

Estuvo así tres meses, hasta que confiaron en ella y la dejaron bajar a servir copas y codearse con las demás hetairas. A la tercera, se escapó a una ciudad que no conocía, a una noche fría y solitaria en la que estaba bien temblar y tener miedo, y a la vez rabia, y un deseo enorme de romper con la especie humana. Buscó ropa en los contenedores, donde también había comida, y aprendió a vivir con los que se marginaban a sí mismos, los que huían de su propia existencia y aprovechaban los despojos del sistema compitiendo con los pocos gatos que quedaban.

Tenía 17 años y estaba sola. Eran las once de la noche. Supo lo que tenía que hacer. Entró y le rompió el cuello al tipo que ocupaba su lugar junto al cajero automático, de una patada en la cara. Se sentó a esperar. Había oído que en las cárceles de este país se vivía muy bien.


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