Menos da una piedra

M de Mirinda

 

Se acerca la hora de exprimir piedras y será este el último recurso.

Toda la ficción ha sido ya expoliada. Todos los argumentos, de lentejuela o cadalso, utilizados hasta el hastío en mil y ciento relatos perfectos, se agitan ahora apergaminados, estériles entre las grietas. Ninguna lengua los humecta y dice.

También los versos se agotaron, de tanto como se jugó a enlazar lo contrapuesto, a sintetizar el conflicto y la melaza, a arrimar el aliento bien sonante al grito de la sardina, olvidando la necesaria mordaza y la vibración del anonimato.

Contados episodios de júbilo, enmascarado de realidad y ensayo, parecieron suscitar jugos, flujos y efluvios lo suficientemente caudalosos como para preñar de tinta y voces, pero llegó el fin de la fiebre y la sequía se siguió cerniendo sin remedio.

Solo nos quedan los cálculos, las calcificaciones residuales, la ceniza: lo indestructible. Con el runrún del molino, con seco afán, sin aguas vivas, extraeremos la última energía de las rocas y con la harina resultante escribiremos pan o, quién sabe, quizás el mejor engrudo.

Menos da una piedra.


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