María

Retales

 

La niebla se ha posado sobre el valle. Desde las colinas y los montes, desde arriba, parece un manto pesado de un blanco incierto que todo lo somete. No deja pasar ni un rayo de luz solar que reverbera volviendo al universo.

Desde dentro es un peso más ligero que se hilacha agarrándose a las ramas de las encinas, a los tallos leñosos de la coscoja, que serpentea fosas nasales arriba, que la humedece posándose sobre su gorro de lana.

María se desplaza, cauta, entre los árboles separando las ramas más útiles para la lumbre. Las amontona para urdir un hatillo. Apenas se distingue el matorral. Hay que andarse con tiento.

Únicamente una tenue claridad gris ilumina el bosque y el musgo está completamente perlado. Las gotas parecen destellos en la lumbre pero no hay luz suficiente para que sean iridiscentes.

La mañana es triste. Camina y espanta el silencio procurando que la niebla no la atrape. Sus pasos sorprenden a las piedras del camino mas no se oye nada en absoluto. Todo es silencio.

Acarrea la leña ansiando llegar al caserón. Al fondo, como un reflejo sobre el horizonte, se vislumbra la chimenea humeante por encina del tejado. Se detiene, lanza una ojeada perdiéndose en la lontananza y recupera el aliento.


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