Margarita

Retales

 

Margarita se pregunta cuántos “Valentinos” va a recibir este año. Se dice: una postal de amor, una invitación a pasear por el parque, una rosa de terciopelo rojo, un ramo de camelias, una invitación a cenar, un beso acalorado, un abrazo indefenso, una relación difusa…

A Margarita le gusta el ensueño. No le gusta la noche, prefiere la luz del sol y afrontar la controversia a la luz.

Paco, o Paquito, la espera en el quicio de la puerta de la escalera de su casa.

Le invita, a él, a pasear por la orilla; se besa con su amante imberbe y le place observar que él se deshace en un inquieto movimiento.

Se pasea por la playa y llama a su amado entre la arena granulada de la orilla. Los granos de arena perlados, uno a uno, se los sacude de su piel rosada.

Deja que el agua salada se deslice entre sus piernas confundiéndose con ese placer enjuto que a veces la atormenta. Margarita siente por sus nalgas el recelo eterno de lo invencible. Se contonea, se detiene.

Margarita no le ama, porque sexo y amor no es lo mismo. Pero ese día lo quiere para ella, para ella sola.

Permite que la invite a comer en el chiringuito de turno y le promete una siesta impecable.

No hace caso de la maldita publicidad de las colonias, ni de los anillos de diamantes, ni de las sortijas con rubíes, ni los deshabillés con festones bordados, ni de las braguitas de blonda. Sólo quiere pasear por la playa y sentir el aire descabellando su melena y lanzando al viento su pañuelo largo.

Es su San Valentín, no el de los demás.

El sol se acerca al ocaso y ella cumple su promesa. La siesta con su amante imberbe. Ese es su San Valentín.

 


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