Malas personas y buenos artistas, como Céline o Josep Pla

La sombra liberada

 

Es de sobras conocido el viejo ejemplo de Louis-Ferdinand Céline, y es conocido porque suele nombrársele cuando uno decide hablar de malas personas que fueron buenos escritores, aunque jamás se le haya leído. Basta con saber que Céline fue un francés filonazi para usar su nombre en una lista de nombres de malas personas. En nuestro tiempo, tan proclive a usar el tópico, el lugar común y la cita facilona, Céline ocupa el lugar más alto cuando se cita a escritores que fueron muy buenos, aunque decididamente fascistas.

En Cataluña y de un tiempo a esta parte suele nombrarse también a Mario Vargas Llosa, aunque en los últimos meses observo que está perdiendo posiciones en cuanto a buen escritor. Bueno, me hablan de sus últimos trabajos y la verdad es que no los he leído.

De Céline se cuenta que simpatizaba demasiado con los nazis alemanes, lo que en realidad es obvio, y que su pensamiento fascistoide oscurece el brillo de una prosa terrible a la par que delicada, con tintes geniales. Si uno sabe qué diablos pensaba el Céline persona puede que lo detecte en las páginas del escalofriante “Viaje a través de la noche”, pero yo lo leí con unos 16 años y, la verdad sea dicha, en aquélla edad solo pensé que estaba leyendo una obra fenomenal.

Por obra y gracia de la Editorial Valdemar, tengo ahora entre las manos una recopilación de cuentos debidos a Karl Hans Strobl (1877 – 1946), un autor hasta hoy nunca traducido al español. Son unos cuentos fabulosos, herederos de la metafísica delirante de Hoffmann y con ese aura de antiguo, de gótico centroeuropeo y decadente. Strobl parece ingenuo visto desde el siglo XXI, incluso dirías de él que es un esteta de lenguaje mórbido, y que tanta era su voluntad de arcaicismo que se perdió en el intento. Sin embargo, Strobl trata los temas más caros de la época anterior a la suya: el vampiro, el licántropo, el satanismo, los espectros que incordian.

Hay algo de ingenuo y de feliz en esos cuentos, la mayoría muy breves y resueltos con un dominio del género que resulta envidiable en esta época tan poco dada al cuento. Pienso en los años de juventud de Strobl. Ya no era un petimetre cuando terminó la primera gran guerra, y por lo tanto no podemos achacarle la ingenuidad o la ilusión juvenil cuando se afilió al partido nazi. Voy a repetirlo: Strobl se afilió al partido nazi alemán siendo adulto, adulto sin adjetivos que le eximan de responsabilidad, sin relativismo. Lo repito así porque hoy suele usarse con una ligereza estúpida el término nazi, y en este caso la ligereza no cabe. Se afilió al partido de Aldolfo Hitler.

Mientras le leo me cuesta sustraerme, al principio, a su condición de tipo con carnet del partido. Pero llevado por sus visiones y su narrativa densa, lenta y caprichosa, al fin me olvido del hombre que escribía. Es lo que tiene el arte. Por lo que cuentan, Caravaggio fue mala persona y presuntamente un asesino, pero a ver quién es el que piensa en el criminal cuando contempla al genio del claroscuro. Mi conclusión es que juzgar al artista por lo que fue el hombre oculto tras él puede que sea una acción estúpida, fruto de prejuicios facilones.

Pero las cosas nunca son sencillas. La facilidad es algo desconocido: si uno piensa en todo lo que tuvo que suceder para que fraguase este planeta, y todo lo que sucedió antes de que alguien le pusiera el nombre de Tierra, comprenderá enseguida que fácil es un adjetivo digno de broma dadaísta.

Mi padre se llamaba Fernando y yo Luis: los dos juntos somos como Louis y Ferdinand, lo cual quizás debería habernos llevado a meditar algo. Digo yo.

Mi padre jamás leyó a Josep Pla porqué sabía qué pájaro falangista fue el escritor ampurdanés. Es más: le oculté que lo leía por temor a sufrir alguna represalia. Ahora, cuando mi padre lleva años muerto y enterrado, me sabe mal no habérselo contado. Quizás fui injusto. Ahora pienso que habría estado bien plantear una velada distinta, sin acritud. Comentando a Josep Pla los dos, ligeramente. A lo mejor hablando con una de esas botellas de Ratafía olotina que tanto le gustaban, recién descorchada. A decir verdad, nada de esto tiene sentido: la muerte es más profunda y, sobre todo, más rotunda que cualquier ensoñación, planificación o buen propósito de enmienda. Uno puede haber sido fascista, comunista o incluso socialdemócrata. Una vez muerto, uno es un muerto. Un muerto más.


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