Luces rojas

Oscuro, casi negro

 

El hombre está sentado frente al ordenador, fumando cigarrillos sin parar que a veces olvida y que se consumen en un cenicero metálico. Le tiemblan las manos sobre el teclado. Hay una taza de café vacía al lado del ratón. La habitación está llena de libros y revistas dispuestos cuidadosamente entre las estanterías de madera de pino, y el aire es denso y del color del jade. La luz entra por una ventana y atraviesa las nubes de polvo formando un prisma que muere en la alfombra. Un teléfono negro de baquelita empieza a sonar, el hombre se levanta y lo coge. Lleva un pijama a rayas y una camiseta blanca sin mangas, de canalé. Se mueve por la habitación con el teléfono bajo del brazo. De repente se para en seco y mira al techo. Se lleva la mano al pecho, cae a plomo encima de la alfombra. Está muerto.

Se abre la puerta de la casa. Da a un descansillo pequeño y mal alumbrado por un neón cuyo cebador chisporrotea. Una mujer joven se queda observando el cuerpo tendido un instante, como si mirara un cuadro que ya ha visto. Luego lo arrastra hasta un pequeño sofá de cuero y le golpea ambas mejillas con las palmas de sus manos en un aplauso estéril. El hombre sigue inmóvil; está pálido y sus ojos cerrados se enmarcan en morado. La mujer coge el teléfono del suelo, aún se oye el beep, beep, que ha servido de música de fondo a toda esta escena. Marca un número, está tranquila, espera a que le contesten sin mover un dedo y con la otra mano sobre la cadera. Habla con alguien, agita la cabeza afirmando y mueve el brazo con un gesto de autoridad, de urgencia controlada. La mujer se pone unos guantes de látex, coge la taza de café, el plato, la cucharilla, va a la cocina, lo limpia todo, lo seca con cuidado. Vuelve a la habitación, el hombre sigue con su siesta infinita, la piel se ha vuelto de color de la cera. Suena el timbre, la mujer suspira, mira por la mirilla, ve la cara del hombre, abre la puerta, lo coge de la mano y estira para adentro. El baúl que arrastra entra con él, cierra la puerta y el portazo hace que el hombre del sofá mueva una mano. La alfombra tiene bonitos motivos geométricos bereberes. Colocan el cuerpo del hombre en el medio, aún lleva las gafas colgando y le cae un líquido blanco por las comisuras de la boca. Lo enrollan, desaparece dentro de lo que ahora es un cilindro con flecos. Entre los dos abren el baúl, doblan la alfombra, el cuerpo, por la mitad, y lo meten en el baúl, cierran la tapa, se sientan un momento encima y respiran. Salen al descansillo empujando el baúl hasta el montacargas que baja al garaje, sus ruedas se deslizan haciendo un ruido chirriante, se cierra la puerta del ascensor.

Fin de la grabación. Cámara de seguridad HD-SDI zoom óptico 28x que se activa en el momento en el que alguien toca el ordenador con unos dedos no indexados en la base de datos. Conexión directa con la Brigada de Investigación Tecnológica de la Policía Nacional. No hay imágenes de las caras de los dos asesinos al abrirse las puertas del garaje y encontrarse con un festival de luces estroboscópicas azules y rojas.

 


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