Los enemigos de la alegría

La rana dorada

Háblame de cocodrilos, de profetas y de orgías… (Mari Trini).

Para hablar con algún grado de inteligibilidad de la Navidad y su potencial significación o ausencia de ella en nuestro mundo es preciso que tomemos conciencia de dónde y cómo estamos. Hoy, día 21 de diciembre en Madrid, con una luminosidad de gran belleza aportada por la naturaleza, no por ninguna mequetréfica “construcción social” más bien a su contra, el metro va tripulado por cadáveres animados en estado de absoluta estupefacción entregada, la mayor parte de ellos, al “amor al lejano”, vía móvil. La utopía perfecta, socialdemócrata en acción, acompañada de un silencio de iglesia propio de los años cuarenta. Un monitor de insania programación mediática emitía en el bareto, unos minutos antes, imágenes de rebaños de antropoides domesticados entregados a no sé qué ritual censal de corte panóptico de gran trascendencia, sito en un departamento de Región asaz cercano en el espacio-tiempo. Imposible distinguir los tumefactos y grises peones del subterráneo con los luminosos residuos que colocan, desde la superficie de la pantalla, su mano sobre la urna. Madrid tiene hoy bastante más de un millón de muertos y respira un aire más cosmopolita, no por ello menos mefítico,  quizás todo lo contrario, que hace 77 años y sigue sin haber playa bajo sus adoquines. Vivimos pues en el mejor de los mundos y lo que sigue sólo puede ser leído en ese contexto; sin “la movida”, el 11M, el 15M, el culto a Gloria Fuertes y el “procés”, esta experiencia enriquecedora e inenarrable no sería posible.

Es preciso consignar para el lector que la Navidad es la celebración del solsticio de invierno: el momento en que la noche empieza a flojear y da paso a la luz; no es una fiesta cristiana ni judía (de la cual el cristianismo es una derivación sectaria más), ni obviamente musulmana. Las Navidades no pueden ser más que paganas y la palabra pagana ha de depurarse de su contenido peyorativo, aportado por los urbanitas de ayer y hoy. En el mundo antiguo, que no era uniforme ni monótono, no todos los días eran fiesta y cada fiesta era algo especial: un momento en el que la comunicación entre el hombre y los dioses se hacía expresa. Un modo de modularse del hombre, tanto individual como colectivamente, con lo sobrenatural. La separación de lo mágico y lo religioso operada por el cristianismo, que no es otra cosa que la popularización proselitista del judaísmo de garrafón de la época helenística auspiciada por la oligarquía imperial romana del siglo IV, ha sido proseguida por el desencantamiento del mundo presuntamente desencadenado por la ciencia galileana y sus variadas prolongaciones faústicas hasta llegar al CERN y a nuestro tiempo banal de pulverización.

Este proceso, cantado como elaboración emancipatoria de una humanidad prometeica en ciernes de conquistar altas cotas de conciencia y dominio de la naturaleza, ha entrado en barrena hace décadas; siendo sustituidas las “verdes alamedas” futuras por el nihilismo más abyecto, camuflado, eso sí, de antifilosofía sistemática con tonos donde: el resentimiento de los defensores del fiasco provocado por las revoluciones francesa y rusa se une a la panoplia de simulacros engendrada por la cultura de masas occidental contemporánea, así como a las más especiosas y postrímeras secuelas del espíritu de las vanguardias artísticas del siglo XX; a sueldo ahora, sin ningún tipo de sonrojo, de los proyectos tecnocráticos corporativos autodenominados “transhumanistas”. Para ello ha habido que hacer desaparecer por el sumidero al proletariado y sustituirlo por la multitud. Lo rancio y apolillado trata de fusionarse con materiales pésimamente descongelados procedentes del cajón de sastre denominado Inconsciente Colectivo, cuyo hedor a putrefacción abisal deja a la vista la miasma tiamática de los nuevos sopladores de antropofagias refulgentes, digitalizadas e inclusivas. Alguien anda empeñado en reactivar los andrajos de la Mamá Grande. No es raro pues escuchar imbecilidades, no por ello asignificativas, como que los robots nos harán más humanos o consagrar “lo femenino”, cuidadosamente despojado de numinosidad alguna y de misterio, como punto de arranque de una distopía sostenible basada en el control absoluto y panóptico del Globo, inmerso en una regresión programada hacia una Edad Media controlada por IAs y un enjambre de contactad@s adherido a una noósfera de pacotilla. Todo ya en sus pantallas: GLOBAL

Con la llegada del protestantismo comienza a cuestionarse la celebración de la Navidad que el cristianismo, oficializado por el Imperio Romano de Occidente, había sobrepuesto sobre la fiesta mitraica del 25 de diciembre. Para Zuinglio (1484-1531) de Zurich, predecesor de Robespierre (1758-1794) y Lenin (1870-1924), la religión estaba supeditada a la voluntad política y le sobraba la celebración navideña. Los puritanos y republicanos (¡) de Cromwell (1620-1658) la prohibieron en 1647, identificándola con la Monarquía y el “papismo”. En cuanto el cristianismo mira atrás, a sus fuentes ebionitas en busca de retorno a la pureza evangélica, lo que encuentra son distopías mostrencas de corte milenarista que, secularizadas siglos después, darán lugar a las genocidas predisposiciones del materialismo marxista-leninista y al  infame y desconsolador bandolerismo anarquista. Ese DIAMAT que tanto se asemeja, y precede, a TIAMAT. Hoy la Oficina de Correos paradigmática ha devenido “locutorio multicultural”, desposeído incluso de referencia espacial. En ambos casos: el mensaje son los usuarios y el código es el ruido.

Para los que queráis saber algo en profundidad sobre la Navidad, la anterior a la NAVIDAD “actual” donde se confunden la estirpe de David con la de Dan (escrito está con manos celestes y no puede ser de otra manera), la editorial Hermenaute, a cargo de Lluis Rueda y Marta Torres, ha publicado un volumen colectivo donde, bajo el epígrafe Navidades paganas, diversos autores devanan sesudos, amenos y eruditos artículos sobre la cuestión. Encontraréis datos sobre su conexión con las Saturnales y Brumalia, sobre la actual Navidad hogareña posibilitada por la imaginación de escritores como Dickens o Washington Irving (benditos sean), sobre el solapamiento con las festividades germánicas y vikingas, sobre el abominable Krampus y el heteropatriarcal (quizás por ello simpatiquísimo) falstafiano “Padre Navidad”, odiado por puritanos y feministas, sobre el origen franciscano del pesebre y el culto al buey y la mula y sobre la similitud de la Navidad, como fiesta que es de inversión y diversión, con el Carnaval mediterráneo. Alberto Ávila, Jorge Cano Cuenca, Biel Figueras, Andrea Roche, y Francisco Jota Pérez, que está que se sale bordando un artículo antinavideño pleno de aciertos a pesar de todo.

La Vida está en la Luz y Él, el niño Horus, es el Rey y el Hijo del Rey.

Soy una estrella que camina con vosotros y brilla desde lo hondo…

 


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