Leyenda breve de una corrupción

Perplejos en la ciudad

 

Cuenta la leyenda que existió un país cuyos ciudadanos, después de vivir largos períodos de dictadura política, represión religiosa y estafa económica –trinidad estatal a la que algunos llamaban la Santísima Trinidad del Lugar–, quisieron alcanzar el aire fresco de la libertad, la educación y el respeto.

Pero no fue posible: demasiados infiltrados de la época anterior, acostumbrados a prostituirse, y el afán de poder y riqueza de otros nuevos ciudadanos, los llevaron a beneficiarse sin contemplaciones del dinero público: “Si ganas dos y te ofrecemos cinco, ¿cómo lo vas a despreciar, si además con ello le haces un favor al partido, a la parroquia o a tu empresa?”, decían los corruptores, que seducían fácilmente a otros ciudadanos, que a su vez corrompían a otros y a otros, fatalmente, como si fuera una tragedia griega. Al final ya no se sabía quién había iniciado la corrupción, quién corrompía a quién en esta o aquella corruptela, y todos caían bajo el dominio de la corrupción bendecida.

De tal modo se generalizaba y, día tras día, se extendía por todo el país, que no había casa, aldea, pueblo o ciudad que no tuviera a sus corruptores y corruptos principales y secundarios, grandes y pequeños. Cualquiera que, en un momento débil de juicio y arrepentimiento, se atreviera a cuestionar los beneficios del sistema corrupto, era mirado con desconfianza por el resto del grupo, gestor de la corrupción. Tanto llegó a expandirse ésta, de arriba abajo, sin excepción, y se hizo tan popular, que nadie creía hacer algo injusto si también utilizaba pequeñas corrupciones a escala doméstica. Era habitual poner una cifra por otra en los documentos, modificar presupuestos y facturas, o simplemente pactar la no-existencia de esos papeles oficiales y substituirlos por lo que ellos denominaban “dinero negro”. Había abusos en todas partes y de toda índole, en la política, en las empresas, en los colegios, en las familias. Era insoportable el hedor que subía de las alcantarillas.

Y el país acabó por desaparecer del mapa, como decían en aquel tiempo, cuando algunos abusaron tanto, que las alcantarillas del sistema de la corrupción ya no pudieron contener y evacuar más porquería y reventaron las tuberías, inundando casas, aldeas, pueblos y ciudades. Comenzaron a acusarse unos a otros, vecinos y parientes se denunciaban entre sí de todos los desmanes, robos, abusos y perversiones, y algunos, para salvarse de la condena total, comenzaron a hablar más de la cuenta. Y un relato llevó a otro relato.

Así fue como gracias a la palabra, gracias al relato, aquel país murió de vergüenza y quedó sepultado en el olvido, y sólo muchos años después empezarían a crecer flores sobre aquella tierra maldita de malas hierbas, de la cual sólo nos queda hoy esta breve leyenda.


Comparte este artículo