Las vestales

Amores brujos

 

DRAMATIS PERSONAE:

Eros. Harpócrates, dios del silencio. Vesta, hija de Cronos y hermana de Júpiter.

Eros y Harpócrates bebían cómodamente sentados bajo las parras de la Perra de Plata, taberna famosa por sus tentempiés, cerca del foro de Augusto, acompañando con sendas jarras de cerveza fresca unos platillos de aceitunas, espárragos y huevos de codorniz. Una nube de estorninos bulliciosos se estiraba, flotaba y surcaba el cielo de gasa blanca y azul sobre sus cabezas de dioses adolescentes.

—¡Qué bien sabe esto, ¿verdad?! —preguntó retóricamente el niño rubio a su amigo, mientras espantaba una abeja con la mano—. Sobre todo después de tanto néctar y ambrosía. Estoy del néctar hasta la coronilla, y de la ambrosía ni te cuento.

—No seas exagerado —replicó el dios del Silencio—. Eso es porque nos gustan los cambios debido a lo voluble de nuestra naturaleza semihumana, pero si fueras un dios pájaro y tuvieras que alimentarte únicamente de aceitunas o de dátiles, ya veríamos. Además, los alimentos terrestres no son sanos, aunque estén ricos. Estropean la espiritualidad. En cuanto a las bebidas, yo, si me ponen a elegir, prefiero el vino a la cerveza, que aunque es distinto del néctar, tiene su origen en Baco y es, por lo tanto, semidivino.

—¿No te gusta la cerveza? —preguntó Eros extrañado.

—Me sabe a germano, aunque ésta está muy buena. Me gusta beberla en la Perra esta, de Plata o como se llame.

—A mí me gusta este sitio por las vistas, pero me molesta el olor a fritanga. Oye, ¿qué es eso? —exclamó Eros incorporándose y señalando con el dedo hacia la columnata del templo de Marte, por la que circulaba mucha gente.

—¿El qué? No veo nada —preguntó Harpócrates entrecerrando los ojos.

—Esa recua blanca de mujeres y niñas. Las acompañan lictores… ¿Serán vestales?

—Supongo que sí —bostezó el dios egipcio.

—Pues vamos a verlas. ¿Quieres? Son una de las curiosidades de Roma.

—Hombre, no me muero de ganas de admirar a unas cuantas monjuelas feas y seguramente arrugadas, pero si te hace ilusión como turista… —dijo irónico el enemigo de las ocas.

—¿Qué sabrás tú? No son unas cuantas: son exactamente seis, siete con la Vestal Máxima; y tienen entre seis y treinta años. No son feas. Son bellísimas. Las escoge el Pontífice Máximo por su hermosura y porte principesco entre las hijas de las familias más ricas y nobles de Roma. Cuando llega su jubilación a los treinta, pueden dejar la casa común y volver con su familia, e incluso casarse. Ven, vamos a verlas. Se dirigen a su templo acompañadas por los lictores (1). Es todo un espectáculo verlas pasar con su movimiento ritual, sus vestidos níveos y su extraño tocado con sombrero, velo y seis trenzas.

Los dos amigos, tras dejar en la mesa el montante de la consumición y una propina que lo doblaba, se deshicieron en el aire para tomar cuerpo enseguida entre las ramas de un árbol, bajo el cual iban a pasar las mujeres de Vesta. Como Eros había dicho, eran seis y la Máxima; las dos últimas, las mayores; las dos del centro, las medianas; y las dos primeras, unas encantadoras niñitas de seis o siete años. La primera, la Vestal Máxima, iba en litera, acompañada por una mujer ancianísima, su ayudante, que le susurraba consejos continuamente porque sabía más que ninguna, tanto sobre los misterios del culto como sobre la vida corriente.

Eros dio con el codo a su amigo y señaló con la barbilla a una de las del centro, de belleza fresca y espléndida y andares salerosos, aunque naturales y discretos. No parecía una sacerdotisa sino una hermosa novia.

—Por Venus, sí que es guapa —dijo Harpócrates—. Lástima que no pueda casarse o tomar un amante. Los romanos tienden a estropear las cosas. Desaprovechan lo mejor que tienen.

—Ya te he dicho que cuando cumpla treinta años podrá hacer lo que quiera.

—Y yo te digo que para entonces estará vieja y sólo servirá para hilar con sus esclavas en el atrio de su casa.

—Que no te oigan Venus, Juno o Deméter decir eso, floridas en su treintena. Y que no te lo oiga yo, porque a esas edades son buenas presas y están muy hermosas, las percheronas. En lo mejor de la vida. ¿Crees que Marte lucharía en campo de plumas con una mocosa de dieciséis años?

—¿Qué sé yo de lo que le gusta al coronel Matasiete? Sé lo que les gusta a mis amigos y a mí mismo: las tiernas ninfas adolescentes que danzan semidesnudas entre arroyos y jardines, no las monjas éstas que sólo pueden gozar cuando se han jubilado.

—Pues la mayoría prefiere el culto de la diosa y se queda en el convento enseñando y cuidando de las niñas hasta el final de sus días.

—Ya te digo, muy raro todo. Me gustan más los griegos y los egipcios que el pueblo de Numa Pompilio y sus miles de criterios y directrices, que se cumplen o no según suene la bolsa.

—Te veo hoy muy libertino, Harpócrates. ¿Qué pasa? ¿Te has enamorado de alguna joven cocodrilo? O será de la añosa Isis, pese a que debe de aparentar unos veinticinco años, es decir, una anciana… Pero, mira, mira a aquel joven soldado que va a cruzarse con ellas cuando llegue a la esquina del templo. Haría buena pareja con la muchacha que te gusta, por Venus. Parecen hechos el uno para el otro.

—No empieces con tus bromitas, Eros. No veo nada de lo que dices y no me hace ninguna gracia lo que insinúas. Ah, ya veo al soldado… Tiene pinta de estar casado con una linda matrona y de tener un par de pequeñuelos.

—No insinúo ni propongo, hermano egipcio. Digo que hay que unir a estos a toda costa para que se amen como locos. Y que por fin los romanos aprovechen lo que tienen.

—Yo lo dije en broma. Ni se te ocurra hacer nada al respecto.

Mezclados con la multitud que abarrotaba el foro, los dos amigos fueron acercándose a la fila de vestales hasta coincidir con ellas en el momento en que el joven oficial se detenía para dejarlas pasar sin chocar con los lictores. Eros, enjugascado, cebó su arma y la dirigió hacia el pecho de la vestal, y enseguida otra contra el del soldado. Ambos jóvenes se miraron a los ojos, aunque lo tenían prohibido porque, como dijo Harpócrates, los preceptos de Numa eran infinitos. Uno de ellos mandaba que las vestales caminaran mirando al suelo y los hombres no las miraran a ellas. El caso es que Publicia Regilla y Julio Amato se miraron a los ojos echando fuego, y no precisamente el fuego sagrado del templo de Vesta. Publicia cayó al suelo como fulminada por un rayo, llevándose las manos al corazón. Amato corrió hacia ella pero fue detenido y expulsado del corro que fue formado inmediatamente por los lictores. Los servidores de las vestales condujeron rápidamente a sus señoras a su mansión.

Harpóctares miró a su compañero con el ceño fruncido.

—¿Has sido tú? —preguntó.

—¿Yo? ¡Vamos! De todo tengo que tener yo la culpa.

—¿Por qué mientes? Si no puedes decir la verdad, estate callado —dijo Harpócrates con la seriedad pintada en su semblante divino.

Eros enrojeció, presa de un sofoco. Estas mismas palabras, dichas por un mortal, le hubieran dejado indiferente, pero en boca del dios del Silencio resultaban sobrecogedoras.

—¡Sí! Les he hecho ese favor a los muchachos —replicó con cierta violencia—. No experimentarán nada parecido en toda su vida. Amor purísimo inducido por el mismo Amor. ¿Qué te parece? ¿No decías que estaban sujetos a demasiadas normas? Ahora arden felices en el mismo fuego, que no es del templo de Vesta, sino el de sus corazones.

*** *** ***

Al cabo de unos meses, Eros y Harpócrates se juntaron de nuevo en la taberna del montículo, cuyo nombre replica el de la nodriza bestial de los Fundadores.

—La cerveza olerá a germano y todo lo que tú quieras, Harpócrates, pero está divina —dijo Eros relamiéndose el bigotillo de espuma que le había quedado en el labio superior.

El dios grecoegipcio se encogió de hombros. Sus delicadas facciones y su cabeza lobuna se parecían más que nunca a las de Anubis, sin perder la semejanza con las del propio Eros.

—¿No estás de humor? ¿Qué te ocurre? —preguntó su compañero.

—Se conoce que pasas de las noticias y no estás al tanto de la actualidad. ¿No sabes que…?

En éstas entró en la terracita de la Loba de Plata y se sentó con ellos un joven. A primera vista parecía un ciudadano más, pero su rostro tenía algo de máscara. Inteligente, de ojos rasgados, grises, y barbita de chivo, su melena era larga, pero no dorada ni tan hermosa como la de su hermano Apolo, sino algo grisácea a pesar de su juventud. Sin embargo, duplicaba a todos los olímpicos en belleza gracias a su encanto de frecuentador del Hades y acompañante de los muertos.

—Salve, Eros y compañía, ¿cómo estáis? Si estáis bien, yo también.

El tabernero le sirvió y se retiró sintiendo el terrible dolor de cabeza que solían producir los dioses, de donde dedujo, sin error, que su casa estaba siendo honrada por uno de los grandes, quizá —por la pinta, según aparecía en los cacharros de cerámica—, por Hermes.

Hermes informó de que estaba de paso hacia el cuartel pretoriano, donde se iba a realizar una ejecución por decapitación de un ciudadano notable, un oficial del pretorio. El padre Júpiter le había encargado que se enterara de todos los pormenores y se los contara.

Harpócrates miró de reojo a Eros como diciendo: «Mira la que has liado», pero él no se dio por aludido. Aquello no iba con él.

—¿Venís conmigo a presenciar la decapitación del soldado? —preguntó Hermes— Estas cosas siempre son de mucho respeto, interesantes por sí mismas, más que los sangrientos juegos de la arena.

Los cuerpos divinos se disolvieron en el aire ante los ojos ya acostumbrados del tabernero, que recogió las monedas murmurando: «Qué poco me queda por ver».

Los tres dioses se rehicieron —sin perder la invisibilidad— en el patio del Pretorio, donde pudieron ver los decorosos preparativos de la ejecución: un pequeño tablado, un soporte para la cabeza moldeado con la forma del cuello. Unos pocos testigos de alto rango acompañaron al pretor, que lo dirigió todo a través de un capitán de la edad y el porte del reo. En aquel acto no hubo pompa ni discursos. Eros pensó que sería del gusto de Harpócrates, y éste que Eros estaría aburriéndose. Los fríos ojos grises de Hermes lo escrutaban todo para dar noticia cumplida al Padre.

Julio Amato desplegó en su muerte un ejemplo cuajado de dignidad pretoriana. Después de despedirse del pretor y de un par de amigos íntimos, a uno de los cuales regaló su pañuelo del cuello, subió al cadalso sin torpeza alguna, se colocó como le indicó el capitán y cambió una mirada cordial con el verdugo. Todos los que presenciaron la ceremonia, hombres y dioses, dijeron que Amato había muerto no sólo dignamente, sino feliz. Así se lo diría después Hermes al Padre.

—Ahora tengo otra misión —informó el dios de rostro lobuno a Eros y Harpócrates—, complementaria de ésta. He de presenciar el enterramiento de la vestal que rompió sus votos con Amato. Si queréis venir, es también digno de verse.

Volaron al templo de Vesta, donde se había congregado una gran multitud, y a base de codazos inmateriales y empujones invisibles, se colocaron en primera fila, pegados a la Vestal Máxima y al Pontífice Máximo. Éstos, con las seis vestales actuales y algunos otros sacerdotes, rodeaban un gran orificio practicado en el suelo por un arquitecto y sus hombres, que permanecían en pie junto a unas escaleras de mano. Tras una enorme cantidad de discursos, preces e himnos a los dioses, durante los cuales los constructores trabajaron hasta perderse de vista para la concurrencia, aparecieron muchas esclavas del templo portando algunos muebles y enseres, que fueron enterrados.

El sol estaba alto y la gente sudaba, pero no se movía, porque no se hubiera perdido aquello por nada del mundo. Los dioses invisibles bajaron por el túnel al que daba el orificio y presenciaron los últimos preparativos. Los hombres habían excavado y consolidado un bonito cubículo, que contenía un lecho muy bien aderezado con colchas de seda azul, un aparador con alimentos y bebidas, y un tocador con su espejo de plata y sus candelabros. Era el último aposento de Publicia Regilla. Pronto se cerraría para no abrirse más.

Cuando lo hubieron inspeccionado todo para dar cuenta al Padre, los dioses subieron a la superficie con cierta curiosidad hacia aquella novia que iba a desposarse con la muerte. Lo hicieron ya por unos escalones bien tallados y embaldosados, por los que debía bajar la mujer. Ésta surgió entre las puertas del templo como una aparición radiante, con sus mejores galas y las joyas de su confirmación. Las flautas, que habían estado sonando todo el tiempo combinadas con liras y tambores, callaron. Un gesto dirigido a los grandes sacerdotes por parte de la rea y transmitido por éstos a la primera fila de auxiliares y testigos de primer orden, los clavó en el suelo. Ella echó a andar con su paso de ninfa, sola y serena, hasta llegar al agujero, donde varios brazos la ayudaron a bajar. Los hombres y el arquitecto subieron solos, retiraron las escaleras y dejaron caer una enorme piedra como las que tapan algunas sepulturas. Publicia Regilla había muerto en vida. No a todas acompaña un beso de Hermes para hacer más leve el camino al Hades.

El Padre oyó con fruición el relato de su hijo amado y se alegró de la dignidad que había reinado en todo. A la salida del simposio, limpió una lágrima de la mejilla de Eros y dijo:

—No te aflijas, querido. Tú sólo eres un instrumento del destino.

Notas

1 Lictor: entre los romanos, ministro de justicia que precedía con las fasces a los cónsules y a otros magistrados (del Diccionario de la Real Academia Española).


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