Bragas

Moda al tuntún

 

Reconozco mi limitada, casi nula, experiencia en este campo, pero me impongo hilvanar algunas líneas con sentido.

La braga se define, de forma genérica, como la prenda interior que cubre de la cintura hasta las ingles con dos aberturas para el paso de la piernas. Según el área que cubre se puede establecer una serie que va de mayor a menor superficie cubierta: el culote, la braga, el slip o “braguita” y el tanga.

Los culote buscan la cintura para afianzarse y cubren las nalgas generosamente. Las bragas en todas sus tallas (S, M, L, XL, XXL) son las de uso más universal, intermedias entre los culote y las “braguitas” o slips básicamente pequeños y ceñidos al cuerpo. El tanga, usado también como traje de baño, deja los glúteos al descubierto y en su diseño más extremo cubre lo que un hilo dental.

En mi imaginario las primeras bragas y más importantes son las blancas de canalé, perdidas en la noche de los tiempos, de las que fui usuario en algún momento de mi infancia.

Las bragas y sus hermanas más pequeñas, a veces, se inscriben como prendas de “lencería fina” diseñadas para cuerpos, por lo general, jóvenes, moderadamente atléticos y de peso ajustado. Existen algunas tallas grandes, pero más bien escasas y más cerca de la L y XL que de la XXL.

Son características de la lencería fina la ligereza, la suavidad, la transparencia, el ajuste, (aunque, a veces, un toque holgado no es sobrero) y los bordes difusos. Su gama de colores es más bien restringida y con atribución en origen: rojo-pasión, negro-sexy, blanco-candidez; hay otros colores de más difícil atribución como el violeta o el verde. El marrón y el color carne parecen estar ausentes.

Llegados a este punto, nuestro psico-socio-antropólogo delirante podría comparar la lencería fina con el noble arte del envoltorio tradicional japonés. Ambos tienen mucho en común y comparten la utilización de productos naturales en su producción; elementos inconscientes y simbólicos; funcionalidad temporal; belleza, sofisticación y fragilidad; un amoldado muy ajustado a los productos; el conservar la frescura y también el hecho, a veces, de ser ambos comestibles.

En fin, como nos recuerda Dorothy Parker, “la brevedad es el alma de la lencería”, característica también compartida con el arte del envoltorio.


Comparte este artículo


Más artículos de Maglione Evaristo

Ver todos los artículos de