Laia

Cruzando los límites

 

Esta vez lo iba a lograr. Conservaba un pequeño ápice de identidad en su corazón roto. ¿Cuántas veces había vuelto a nacer? Al morir, su mente había sido suavemente arrastrada hacia la luz y luego hacia una niebla negra y absorbente. La primera vez que pudo conservar su identidad fue después de su paso por la península balcánica, mucho antes de que los bisnietos de aquellos bárbaros venidos del norte conocieran a Aristóteles; pero en esa época, los dorios, que estaban invadiendo la península, eran peores que las alimañas: mataban a los hombres y peleaban para ocupar los primeros lugares en las violaciones.

Laia aguantó diez embates distintos, muchos, porque era todavía muy pequeña. Su conciencia huyó entre los dedos de un gigante nórdico que la ahogaba. Mientras se elevaba, recordaba que esa mañana se había untado el cabello con aceite, había lavado ropa con las cenizas de aquel viejo roble que se había secado el año pasado, su madre había vuelto del bosque con un cesto lleno de ciruelas grandes como manzanas, su padre con una liebre que aun cabeceaba. Poco después llegaron esos hombres por la cuesta de la fuente.

Le habían contado historias. En esa época hasta los niños sabían que un día te arrancan la piel como a los conejos y no sirve de nada protestar, pues los hombres son como los gatos, que se excitan dejando que su presa intente escapar cuando ya le han roto las articulaciones de las patas.

Nunca lo había vivido en su propia piel, o al menos no lo recordaba como ahora… Primero se vio a sí misma exhausta, su propia belleza desvalida e inerte, como si estuviera hecha de plumas recién lavadas por el rocío sobre la paja en la esquina de las cabras, mientras el hombre desnudo y sucio, lleno de cicatrices y músculos, luchaba con aquel cuerpo que le había pertenecido, pero en cuyos ojos vidriados de muñeca rota apenas podía ya reconocerse. Se elevó por encima de la cabaña, el campo verde se difuminaba en la distancia, la niebla cubría las montañas; de pronto se hizo la oscuridad, y luego vio la luz de siempre, y sintió esa paz que solo dura hasta que la última chispa que alumbra el cerebro se apaga.

Sobrevoló el Olimpo todavía no inventado de los dioses, los fragorosos bosques de las constelaciones, y cuando todo el universo se desvaneció a su alrededor, llegó adonde llegan todas las almas: donde se trituran todas las identidades; en ese lugar, la memoria se empieza a fragmentar inmediatamente, como los pedazos del ADN o como los átomos aplastados cuando una gravedad muy fuerte los descompone, y a mezclarse con los fragmentos de otras vidas que nunca se sabe si son de antes o de después, pues en poco tiempo, la niña había sido una doncella en el siglo dieciocho, un soldado napoleónico, una geisha, un poeta romántico y un cultivador de orquídeas. Luchando contra la corriente, consiguió librarse de todos aquellos pedazos pero…

La niña que recordaba haber sido violada nació en el cuerpo de un conquistador español del siglo dieciséis, y vivió matando a sangre y espada porque en su memoria llevaba fragmentos de los mismos hombres que habían mezclado sus genes con los de las serpientes. Demasiado tiempo después, murió en la cima de un volcán, durante una erupción, porque el hombre que se había mezclado con la niña se creía un dios y aún estaba bañado en sangre cuando se atrevió a desafiar a los demás dioses. Se ahogó en el humo de su propia vanidad mientras huía de la lava con doce compañeros en una historia que nunca apareció en los escritos de los exploradores; aún llevaba sangre en los calzones de su última incursión en una aldea cercana… En esa ocasión, una parte de la niña que llevaba dentro lloró porque comprendió que de él solo quedarían las volutas que se habían de dispersar arrastradas por el viento sobre la inmensidad del cercano océano.

Antes de llegar al pozo de las almas otra vez, la niña se desembarazó de la conciencia del soldado y se hizo fuerte para evitar fragmentarse otra vez, pues ya solo era una muchacha de doce años que había vivido unos días antes de que la mataran; ese era su único recuerdo, su identidad, un fragmento de dolor pero también de amor, de los instantes que formaban aquella luminosa mañana balcánica.

Sin embargo, con solo ese pedazo de conciencia no podía renacer, y antes de que pudiera reencarnarse se le pegaron los fragmentos de varios revolucionarios que andaban buscándose entre sí y necesitaban una experiencia como la suya antes de nacer y olvidar quiénes eran y de dónde venían en realidad.

Nació por última vez en Madrid, perdió su identidad y la recobró una noche que se despertó de un sueño en la Universidad Complutense y supo que era un profesor de Ciencias Políticas que quería ser presidente. Se volvió a dormir y cuando se despertó de nuevo, por la mañana, solo era un rincón en la memoria de un hombre que miraba por la ventana, pero esa pequeña parte tenía la fuerza suficiente como para proporcionarle a su portador la necesidad de luchar contra la injusticia de los seres humanos; era la parte femenina, la parte de las víctimas, la parte que apretaba el puño y le encendía la mirada mientras hablaba y se le saltaban las lágrimas, arrastrando a las masas; solo que él no lo sabía, había olvidado el sueño, había olvidado que en su interior había una niña que fue violada cuando tenía doce años y que era quien le daba la fuerza que necesitaba.


Comparte este artículo