La vida entre comillas

Un salacot en mi sopa

 

Era acordarme de ella y venirme a la mente la voz atiplada de una falsa Helen Kane cantando Chameleon Days. Y el recuerdo no tenía que ver con un rostro pícaro e ingenuo a lo Betty Boop, acentuado por aquellas cejas pintadas en vertical. No. Porque ella no se parecía a ninguna y, al mismo tiempo, podía ser todas. Su rostro de plastilina era capaz de transformarse en cualquiera de las mujeres fatales que en el cine han sido, y ella sabía muy bien dónde buscar y a quién emular. Se me hacía raro que alguien sin personalidad propia tuviera unos gustos tan concretos, tan suyos. En mi cabeza seguía resonando aquel foxtrot que me martilleaba las meninges y me abría un montón de interrogantes. Lo importante es el estilo, no la verdad, repetía ella como un mantra. Nunca conocí su nombre ni su procedencia. Ni siquiera supe si había leído a Wilde o solo lo citaba de oídas.

Un día, en un bar, quiso ligarse a un tipo con cara de Jack Lemmon. Se sentó a su lado, se pidió un Manhattan y le canturreó al oído I wanna be loved by you. Cuando lo tuvo a punto de caramelo, se olvidó del disfraz de Marilyn, adoptó el de Jessica Rabbit y lo dejó tirado para irse con un extranjero de pelo corto color platino. El rubio, de lejos, se daba un aire a Alan Ladd, aunque en las distancias cortas sus facciones teutónicas recordaban más a las del director de orquesta Max Raabe. Y claro, ella, que era mujer de primeras impresiones, no pudo hacer otra cosa que convertirse en Veronica Lake y llevárselo al catre a golpe de peek-a-boo.

Otra vez se encaprichó de un conde italiano, moreno y decadente, y a ella le afloró la condesa descalza que llevaba dentro. Él la llamaba María alargando mucho la i, y esto la derretía. Creo que llegó a enamoriscarse un poco del italiano, y sin darse cuenta, fue cambiando a una Ava por otra hasta que se impuso la estatua de la Gardner en Venus era mujer. Fue el primer aviso. Luego se encamó sucesivamente con varios hombres para los que, según la necesidad del momento, era Jane Greer, Lizabeth Scott, Ann Savage o Rita Hayworth . Ella estaba convencida de que Gilda estaba ya muy vista, así que le era más productivo echar mano de la enimgmática Elsa de La dama de Shangai, un personaje muy agradecido con el que obtuvo grandes triunfos. Pero cuando se aburría, que solía ser en seguida, se daba el piro para usurpar otra personalidad del celuloide y buscarse nuevas víctimas propiciatorias con las que jugar a las películas.

Una de las advocaciones que más la hicieron disfrutar fue la de Laura –y que me perdonen los católicos por el uso espurio del palabro advocación-. Ella solía decir que le hubiera gustado vivir entre algodones, y ya que no podía ser, viviría entre comillas y transformaría su rostro sin rostro en el de, por ejemplo, Gene Tierney. Admiraba profundamente aquellos rasgos tan perfectos y envidiables de la Tierney, que rozaban lo sublime. Después de haber visto veinte veces seguidas F for Fake, su obra de cabecera y fuente de inspiración, de repente le dio por ponerse la película de Preminger y detener la proyección justo en el fotograma en que Dana Andrews contempla por primera vez el retrato de Laura colgado en la pared. Fue el segundo aviso. Casi el definitivo.

Lo último que supe de ella era que andaba con un profesor universitario algo talludito y aficionado a visitar galerías de arte. Un tipo bajito y con cara de batracio, pero absolutamente arrebatador. Como era previsible, ella quiso ser Joan Bennett para él, así que tendió sus redes para facilitarle el camino de ida que ella misma, con el permiso de Fritz Lang, había construido. Sin embargo, algo raro pasó: un error de cálculo, o vaya usted a saber. El caso es que, como quien no quiere la cosa, ella empezó a formar parte de la pesadilla recurrente de aquel tipo con cara de batracio que cada vez me recordaba más a Edward G. Robinson. Hasta que un día, sin saber cómo ni por qué, quedó definitivamente atrapada en el cuadro pintado al óleo que exhibía una galería de Nueva York. Y allí, presa en aquel marco, inmóvil como una estatua de sal con el rostro de la Bennett, le perdí la pista.


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