La vida en capas

M de Mirinda

 

Cada uno es un lugar en un plano. Cada uno es una superficie acotada sobre la que el tiempo, primero, ejecuta instantes y vuelca mantos, capas sucesivas: una por cada acción, otra por cada nueva intuición, y otras más por cada experiencia digna de dejar huella o estela. Luego, en cada una de estas capas, lisas y bien templadas, son las espadas de la voluntad y del fiero azar, como cúteres (dice la RAE), las que recortan líneas y sajan brechas distintivas que, aun segmentarias e ilegibles por sí solas, formarán entre todas una compleja plantilla que nos retratará cuando toque.

Para asentar el esqueleto del complicado patrón modelo, los sucesivos estratos, bien troquelados, se irán compactando con el peso y con el paso de los años, sin pliegues, sin descuadres, paso a paso, sobre el muro que somos.

El yacimiento que formamos ha de poder respirar por los huecos, por cada herida. Así, una a una, las láminas que conforman la plantilla se irán superponiendo, pero sin perder su calado particular, sus cortes definitorios por los que accederá el futuro aerosol de la comprensión retrospectiva. Solo ese producto etéreo, aplicado con técnica de grafitero exquisito, hará visible la “composición de lugar” a toro pasado, la foto de llegada, la imagen completa del rastro que deja la vida.

Nada trascendente por sí solas dicen nuestras vetas acumuladas. Son una milhojas incomprensible hasta que cae la mil y una. Cuando con suerte llega ese momento, se alcanza, de capas, el número exacto y la perfecta disposición de los encajes, el justo ensamblado de los orificios y los arañazos perforados sobre las pieles curtidas de la memoria. El puzle de superposiciones estará completo, como un esténcil (dice la RAE), como un #stencil (dicen los grafiteros enredados en las redes) de arte callejero.

Entonces sentiremos el fragor aéreo de un espray, de un polvo aparente, que rociará nuestro último estrato, el más fresco, y atravesará todas las demás capas vitales, colándose por los intersticios, por las figuras recortadas que parecían trazadas sin sentido alguno.

Finalizada la pintura por aspersión, sacudiremos la plantilla y quedará al descubierto nuestro diseño final. Liberados de la casulla, del molde agujerado, se nos revelará, pura metamorfosis, la imagen final, la imagen maestra: una figura, un mensaje, una señal, un mapa, un retrato… que solo nosotros podremos interpretar y que defenderemos de cualquier grafiti, de cualquier cartel de gato perdido se dará recompensa …de cualquier injerencia ajena que la desfigure. Es la huella oficial de nuestra existencia pero, al mismo tiempo, tiene algo de ilegal, de secreto, de público pero privado: es la estela efímera que merece respeto solo mientras perdure (en) el muro que somos.


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