La verdulería de la esquina

Desde detrás de mi estantería

 

En las noticias han anunciado a bombo y platillo que los científicos han censado un nuevo planeta. Dicen que es aún inmaduro pero que será como la Tierra dentro de 15.000 millones de años. Un buen plan B para cuando hayan destruido éste que tenemos entre manos. Nadie me lo ha preguntado pero no me apetece conocer nuevos mundos. No, gracias, todos los mundos, mi mundo, están en éste. Lo hermoso de la belleza es poder compartirla, por eso, me apeo de los grandes proyectos interestelares y os narro cosas de la vida cotidiana que, seguro, serán de mayor interés.

Un ejemplo es que en la esquina de la calle adyacente a la mía, hace unos meses, se ha mudado una familia de hindús. Han abierto una verdulería, el típico comercio que suelen regentar los emigrantes. Os aseguro que no tendría nada de particular si no ocurriese algo tan increíble como que venden las mejores hortalizas biológicas del barrio. Los productos que venden proceden de la cercana huerta de Alboraia. Para los que no conocéis las cercanías de la ciudad de Valencia, os diré que se trata de una población muy próxima y que, tradicionalmente, ha basado su riqueza en la agricultura hortícola. Los cultivos que se explotaban en sus ricas tierras eran, fundamentalmente, patatas, zanahorias, lechugas y alcachofas pero, en especial, la joya de su economía era el tubérculo llamado chufa del que se obtiene la magnífica horchata.

El beneficio de una tierra arenosa, cercana a la playa y a la ciudad, facilitó su auge económico aunque ahora… ahora corren otros tiempos. Hace mucho que los campos valencianos han sido abandonados por los oriundos; son muy pocos los que persisten. Su población ha envejecido. Continuar con una tradición de trabajo y amor a la tierra que es dura y mal pagada, no entra dentro de los planes de muchos.

Os preguntaréis qué relación tiene esta decadencia local con los productos del verdulero hindú. Muy sencillo. Cuando, hace un par de días, fui a comprarle patatas, me encontré con que tenía varios precios, las más caras, eran en las que rezaba el cartel: “patatas de Alboraia”. Sorprendida por la diferencia y la cercanía le pregunté al verdulero a lo que me contestó:

—Las patatas son de mi huerto, señora.

—¿Tuyas? —Le pregunté un poco incrédula— ¿Las cultivas tú?

—Sí, claro, el campo es mío. Yo tengo una huerta en Alboraia. Planto alcachofas, patatas, zanahorias, todo lo que ves en mi tienda. Es muy bueno todo. Tiene un sabor más dulce porque ese campo era de chufa.

Compré los productos y pensé que me habría mentido, pero no, me equivoqué. La comida tenía un sabor exquisito, los sabores de siempre que tanto echaba de menos.

Hoy he vuelto a la tienda y he vuelto a comprar las patatas de la huerta valenciana cultivada por un hindú.

—¿En serio que tú las cultivas? —He insistido mientras le pagaba.— Porque si es así, trabajarás mucho y duro.

Bajo una media sonrisa, el verdulero me ha confesado.

—Yo no las recojo, lo hace mi ‘chico’ (el asalariado), lo podrás ver todas las mañanas en el campo recogiendo la cosecha para que yo la venda.

Cuando he salido de la tienda he pensado que él me hablaba del jornalero como si fuese de un nivel inferior. Se repite la historia, he pensado.


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