La soledad del corredor de fondo

Casi lloré de emoción al ver esa escena en el cine

 

El entorno, las circunstancias, ayudan. ¡Vaya si lo hacen!

El entorno es, en este caso, el Cine Alexis, que ahora debe de corresponder a unos cuantos vestidores de Mango, o a unas chaquetas o pantalones a precio irrisorio, imbatible, gracias a la miseria que deben cobrar por hacerlos unas cuantas costureras chinas o africanas, colocadas y agrupadas ordenadamente, como si estuvieran en un gallinero industrial.

Las circunstancias son jugosas y le aportan a la cosa un plus de aventura y circunspección. Hago novillos para ir a una matinal. Es la primera vez que voy al cine escapándome de las clases, por la mañana y –fundamental– la primera vez que voy yo solo y a una sesión en versión original subtitulada. Nada volverá a ser lo mismo, y ya no podré ir más a ver la versión doblada si no se trata de una sesión de esas de acción, de verano, digerible por otros asuntos.

El protagonista de la historia que voy a ver es uno de esos hombres grises que viven en barrios obreros de casas idénticas, de las que aparecían como panorama de fondo en las películas del Free Cinema. Lo vemos en exteriores, pero no es que sea domingo y haya ido a ver la fábrica y su barrio desde la colina vecina. Está en exteriores porque se entrena para una carrera a la que le inscribe el director del correccional en el que le han encerrado.

La escena cumbre, como suele pasar, está por el final. He estado acompañando en sus entrenamientos al personaje, sintiendo en mis carnes, solo ahí en la sala, en la matinal del Alexis, La soledad del corredor de fondo (la peli es de Tony Richardson, de 1962). A base de esfuerzo está en forma, y el director del centro radiante porque su pupilo puede ganar la carrera. Y, pese a las jugadas sucias de otros corredores, así parece que va a ser. Pero Tom Courtenay se lo piensa y toma una decisión que me deja estupefacto pero lleno de orgullo, casi hasta la lágrima: medita, se para y deja que le adelanten sus dos sorprendidos rivales. La va a pasar de lo más chunga a la que el director se entere, pero no está dispuesto a venderse. Con la transferencia de sentimientos que provoca el cine cuando se dan las oportunas circunstancias identificatorias, tengo un subidón de auto estima: ¡qué bueno, sacrificado e íntegro soy!


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