La reciprocidad eterna de las lágrimas

Oro Ijinle (Palabra de raíz profunda)

garnelo - Lagrimas

Los hombres mas felices son los que aún pueden dejar que por sus venas corra el frío antes de matar.

Quien no tiene compasión, deja sus pies doloridos en los callejones adoquinados.

La línea del frente se marchita.

Sus tropas se desvanecen, no son flores que pueden engañar, llorosas, a los poetas: son hombres; huecos para rellenar, pérdidas que podrían haber luchado por más tiempo.

Algunos acaban con esta extraña sensación por sí mismos.

El embotamiento resuelve mejor la burla y la duda bajo los bombardeos, una extraña aritmética de oportunidades, un simple cómputo sin verificación.

Felices son los que pierden la imaginación: ya tienen suficiente con llevar la munición.

Su espíritu arrastra un paquete.

Sus viejas heridas, salvo por el frío, no pueden doler más.

Después de haber visto todo de color rojo, se deshacen de dolor en el color de la sangre para siempre.

La constricción del terror sobre sus corazones sigue siendo un pequeño dibujo en la línea de fuego.

Sus sentidos abrasan en la batalla.

Ahora hace tiempo que pueden reírse entre los moribundos, despreocupados.

Feliz el hogar del soldado, sin un lugar cada amanecer y muchos suspiros drenados.

Feliz el muchacho cuya mente nunca fue entrenada: sus días son dignos de olvido.

Canta a lo largo de la marcha, taciturno, por la oscuridad: la larga, triste marcha, implacable.

Desde el primer día, la más grande, la noche más enorme.

Un solo pensamiento puede manchar con vértigo nuestra alma, ¿cómo debemos ver, sino a través de nuestros ojos sin pestañas?

Pero no es demasiado importante, incluso morir, no es demasiado mortal, ni triste, ni digno de orgullo, ni motivo de curiosidad en absoluto.

No se puede sucumbir a la placidez y ahora maldigo a los tontos que se aturden sin cañón, que son como piedras, miserables y simples.

Por elección se hicieron inmunes a la piedad del hombre que gime, antes del último mar y sus estrellas desafortunadas.

En el eterno duelo que dejan estas costas cualquiera que sea la reciprocidad eterna de las lágrimas.

Fotografía de Elena Garnelo.


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