La rebelde

Amores brujos

 

Con Eros, cuidadito, que puede darte un buen disgusto.

Es sabido que este dios, que a su divina arrogancia une la crueldad maliciosa de su edad adolescente, carga contra los que le ignoran de un modo violento y sin clemencia, hasta el punto de que se dice —y no seré yo quien lo ponga en duda— que a veces Venus castiga su desafueros con la suela de la sandalia hasta poner escarlata sus rosadas posaderas.

Cuenta Francesco Colonna, tomándolo en parte de Ovidio, que hubo en Oniria, en la región de Polia, una muchacha llamada Hekatea. Esta era hija de un hombre rico, cultivado y bondadoso, casado con una sacerdotisa de Proserpina. No son muy buenas estas bodas del cielo con el infierno. De ellas nació únicamente nuestra Hekatea, y fue bastante.

Si hubierais visto a Hekatea, nada os hubiera sorprendido en ella, pues se trataba de una chica corriente, salvo por sus ojos, que eran los típicos de los gatos, los tigres y otras bestias libertarias. No reconocía para sí otras diosas que Minerva y Diana, las vírgenes del Olimpo, y no quería saber nada del matrimonio ni del hogar. Pasaba su tiempo leyendo, cazando y bañándose en las albercas, o subiéndose a los árboles para dormitar en soledad como las panteras. En suma, no hacía daño a nadie. Pero, ay, no hagas daño a nadie y ya te la habrás cargado de un modo u otro, pues en este mundo quien alcanza el equilibrio tiende, quieras que no, a sobresalir, inflamado como una picadura de garrapata.

Desgraciadamente, fue Eros quien reparó en la existencia y el anarquismo de Hekatea, y se dijo:

—¿Qué se habrá creído ésta? ¿Pues no pasa olímpicamente de Vesta y del hogar, y de mí mismo? No le interesan los muchachos ni tiene amigas tiernas para los goces… ¡Ahora verás, Furia del Averno!

Urdió, maquinó, puso en marcha la parte de su divino cerebro que regía las estrategias y desconectó la zona de la piedad y la dulzura. El resultado fue un par de planes perfectamente trazados. No te serán desconocidos, pues se han hecho famosos al pasar a la prensa, pero te los recuerdo por si te viene en gana contar estos sucesos a las amigas, mientras fumáis vuestras hierbas.

El primero fue leve: atrapó a la chica y para ver si la domaba, la unció a su carro de oro y piedras, que refulgía como un pequeño sol. Este carrito era terrible para los mortales, pues su brillo cegaba momentáneamente a quien tenía la mala suerte de contemplarlo sin protección, como los eclipses, y su materia parecía recién vertida del crisol. Abrasaba la carne mortal no alimentada con la fresca ambrosía, que previene toda quemadura. El látigo del pequeño auriga era una cadena también de oro candente y estaba rematado con un puñado de angulosos diamantes que lo cortaban todo a su paso. Ya podéis imaginaros cuál no sería el tormento de una pobre criatura humana uncida a aquello, recibiendo azotes. Pues eso es lo primero que tuvo que sufrir Hekatea por querer ir a la suya. Con la piedad desconectada, Eros dio un largo paseo de esta guisa y no por los céspedes del Olimpo, cuajados de rocío, sino por los desiertos de Libia, ricos en serpientes mordedoras, como las dipsas, que provocan una sed mortal.

Dejó a la chica descansar a la sombra de un arbusto e hizo que sus servidores Delirio y Carencia le administraran agua fresca, mientras él se marchaba a otra correría por la que se le solicitaba en alguna parte. Al volver, halló a Hekatea recuperada. Sentada con las piernas juntas, su cabeza reposaba en entre las manos, con los codos sobre las rodillas. Bella estampa.

—¿Has visto mi fuerza? Cuanto tira mi carro, tira el deseo que provoco. ¿No quieres probar el dulce amor? —preguntó muy galán a la damita.

—Antes quisiera mascar estropajo y gasolina que tu dulce amor. ¿No ves que a mí tu amor se me da un ardite? Eres verdugo de las mujeres, lo fuiste de mi abuela y de mi madre, pero ahora de mí ni por esas.

—Pues te trocearé.

Y la troceó, efectivamente, manejando un hacha con la fuerza de un remero. Para no hacerla sufrir demasiado, primero le cortó la cabeza; luego los brazos y las piernas y así sucesivamente hasta llegar a las uñas de los pies. Cuando ya la moza no fue más que un montoncito de carne picada, el espacio se abrió como una cortina y apareció en el hueco Minerva, rodeada por una aureola radiante. Su peplo era blanco y su casco de titanio daba a su cabeza un aire vanguardista.

—¿Se puede saber qué haces, muchacho? —preguntó la augusta hija de Júpiter.

—Protejo mi reputación, señora, pues del mismo modo que tú odias y castigas a quienes no escriben y leen en griego, yo lo hago con los que se niegan a ser amantes.

—Malditos seáis tú y tus sofismas —replicó la diosa—. ¿Cuándo has visto tú que yo castigue a un analfabeto? Yo sólo castigo a los que deshonran a mi padre o se creen superiores a mí, pero tú eres un necio, un ganso y un sinvergüenza que mereces una buena tunda. Ya estás recomponiendo a esta pobrecilla y dejándola como estaba o pediré el rayo a Júpiter y te fulminaré.

Así lo hizo el muchacho olímpico, con la ayuda de Anteros, porque no quería jaleos con aquella arpía de ojos glaucos que solía cumplir lo que decía, como en el caso de Medusa y otros. Ambos se odiaban por igual.

Entonces cayó en la cuenta de que sus planes adolecían de una brutalidad que los volvía romos como armas oxidadas, y decidió cambiar de estrategia y afinar el tiro. Reuniendo como para jugar a las canicas a los demás niños, preguntó sus opiniones al respecto.

—Regálasela a Baco —dijo Ganimedes—. Seguro que al instante la tendrás enamorada y sumisa y querrá tener una camada de pequeños semidioses como Ariadna, la Completamente Pura.

—Cásate con ella si te gusta y deshazte de ese callo de Psique —apuntó entre risitas Himeros.

Harpócrates, el más sabio, no se tomó aquello a rechifla como sus compañeros, sino que, pensativo y silencioso, trataba de encontrar una solución que en realidad sólo Eros podía hallar. Y así fue: encontró un tercer plan que le pareció admirable y no comportaba tormentos.

Al día siguiente, hizo coincidir a un grupo de atletas del Pentatlón, los hombres más bellos de Grecia, en los bosquecillos donde cazaba Hekatea. Esta, subida a un árbol, los contemplaba, embargada por un sentimiento de simpatía y admiración, como a las bellas bestias de los bosques. Eros se acercó a sus espaldas en forma de mariposa para no asustarla y, recuperando su aspecto de joven arquero, lanzó un fulminante flechazo con la flecha de oro al cuerpo de la joven, que se sintió atravesada por una dulzura intensísima, mientras clavaba los ojos en uno de los jóvenes que se ejercitaban en un claro no lejano a donde ella se encontraba.

Nunca se había sentido el niño Eros más burlado, más rabioso y frustrado como cuando al poco tiempo encontraron a Hekatea, la rebelde, la indómita, la que no quiso ser esclava del deseo, colgada de una viga del templo de Diana.


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