La perfección del ninguneo

M de Mirinda

 

Está bien, me dedicaré, como estaba previsto, al encierro. Me rindo. Estoy abocada al ensimismamiento, a aislarme en una celda, lo sabía. Si he retrasado este momento ha sido por no renegar de la certeza cálida de animal que lucha y se multiplica, en la charca urbana, con gozo feroz.

Claudico. Lo mío es la abstracción de lo real y el camino hacia la ascesis. Esto ha sido, desde siempre, obvio, pero me he resistido, me he resistido tanto… La alacridad voluntariosa atizaba mis brasas y seguían los émbolos, las palas, los engranajes moviéndome sin fin.  Ahora, claudico, freno en seco, y, esfumándome, me recluyo.

Volveré a tener un control vegetal de la marcha del sol sobre los muros de un cuarto cerrado.

Me borraré de los listines, de los boletines, de las agendas, de los catálogos, de las guías, de las bases de datos, de las convocatorias recurrentes y de las memorias.

Ser ninguno.

Volverá el ciclo de las frutas, cuyos huesos iré acumulando sobre la mesa de mi encierro, a recordarme las estaciones del año y regresará el desconcierto de las aceras, como láminas de libertad, la intolerancia a los sonidos, la ceguera nocturna y los traspiés y las siestas con delirio de precipicio y la aguda, aunque torpe, comprensión de lo que ocurre.

Me ningunearé en cuanto pueda. Me ningunearé tan rápido como me sea posible para evitar la piedad y lo indigno de renunciar a aparentar que me mantengo a flote.

Ser ningún ser.

Me ningunearé hasta no ser nadie. Me ningunearé con furia, hasta ser algo. Algo encerrado en algo. Este es mi deseo, un deseo de cosa, un deseo perfecto.

 

 


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