La parálisis del sueño

La sombra liberada

 

Me sucedió una vez. Por entonces, no sabía nada del síndrome que se conoce como síndrome de la parálisis del sueño. Conocer el fenómeno neurológico quizás me habría ayudado en aquellos momentos terribles, pero eso es un decir. Me desperté inmovilizado. Tan solo pude abrir los ojos. El resto del cuerpo no obedecía a ninguna orden, a ninguna voluntad. Estaba completamente paralizado.

Contemplé la habitación. Reinaba el silencio. Pensé que era un sitio agradable y la luz de la mañana, que entraba a través de la cristalera, era dulce. Siempre duermo con las cortinas abiertas y la persiana levantada. Era un buen lugar y un buen momento para morir, pensé, ya que me imaginé que la parálisis era el principio del fin o incluso el fin en sí mismo. Imaginé que unas horas más tarde me iban a encontrar. Alguien se daría cuenta de que algo andaba mal y acudirían. Quién sabe si tendrían que echar la puerta abajo los bomberos, una imagen que me resultaba incluso divertida. Alguien me cerraría los ojos, ¡cabrones!, lo único que era capaz de mover. Quizás un parpadeo rítmico les alertaría de la vida en ese cuerpo. Quién sabe. Qué pena cuando, de niño, me negué a aprender el alfabeto Morse.

Mi padre nos compró, a mi hermano y a mí, unos walkie-talkies que permitían hablar a distancia y en los que había un botón de Morse. Creo que cuando nos llegó el juguete mi hermano tenía unos diez años y yo, por consiguiente, uno más. Entre los enseres que contenía la caja del aparato estaba un cuadernillo con el código Morse y estuvimos varias tardes practicando. A mí me aburría y lo dejé. Mi hermano se lo aprendió bastante bien, pero tuvo que renunciar por culpa de mi ignorancia para descifrar el código. Creo que él me dijo “tonto del culo” mediante ese código y yo le respondí “SOS”, por la facilidad del mensaje y porque era lo único que retuve. Él comprendió que el diálogo había perdido el interés.

Muchos años más tarde, mi padre sufrió una enfermedad terrible que le paralizó: primero las piernas, luego los brazos y luego, al fin, apenas podía hablar. Se quedó como un Stephen Hawking de clase baja y sin conocimientos de astronomía. Para él, al final de su trayecto, los conceptos de “agujero negro” y de “horizonte de sucesos” quizás significaron algo, pero era un algo muy distinto.

Así pues, esa mañana en la que desperté paralizado durante unos segundos muy largos (quizás los más largos de mi vida), me acordé del código Morse y de los últimos días del viejo. Pensé en un montón de cosas y una de ellas fue que había heredado, de repente, la enfermedad de mi padre y que esta me había llegado a bote pronto y directamente en la fase terminal. También pensé en que tenía un montón de ropa sucia por lavar y en que no bajé la basura la noche anterior y en que había dejado mensajes sin responder en el telefonillo. Lo peor era lo de la basura, porque ese detalle iba a contar de mí, y para la posteridad, que fui un hombre descuidado y perezoso. Luego me acordé de que le debía 10 céntimos al tendero paquistaní de la esquina y eso me dolió todavía más: no satisfacer mi deuda iba a mandar un mensaje al Pakistán que no tan solo hablaba mal de mí, sino de todos los catalanes en general, porque la gente tiende a generalizar y todo el mundo sabe la mala fama de los catalanes, esa gente inculta, agarrada y avariciosa.

En los últimos instantes de la parálisis entré en una fase mística y extraña, en la que aprecié/percibí que me sentía bien con la mayor parte de mi vida. Me perdoné mis pecados más graves y mis faltas más leves y me abandoné al dolce far niente. Me olvidé, incluso, de haber sido un pobre catalán y me sentí tan solo un pobre, sin más adjetivos, y me dispuse a morir tal como mueren las cucarachas cuando las voltean y las dejan patas arriba, cuando ya han cesado en su pataleo febril y aceptan el destino. También pensé en el capitán Ahab, cuando se hunde en las profundidades del océano, medio muerto, atrapado en un lío de sogas, atado a la piel suave y reluciente de Moby Dick.


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