La oveja parlante de tres cabezas

Lógica (pati) difusa

 

21 Historias es un texto que recopila la biografía de las dinastías chinas desde hace dos mil años. Incluye la biografía de los sucesivos mandatarios, censos, crónicas bélicas y un capítulo especial: “Hechos desacostumbrados” en el que se describen fenómenos insólitos, al estilo de la miscelánea recogida en El libro de los condenados, de Charles Ford, el popular estudioso de lo raro e inexplicable que vivió a principios del siglo XX y que dedicó su vida a coleccionar recortes de periódicos donde se daba razón de los sucesos más inverosímiles.

De la recopilación forteana se ha nutrido la divulgación de lo paranormal a lo largo de los años; pero a diferencia de El libro de los condenados, la crónica de las 21 Historias relata con precisión fenómenos celestes y geológicos que han podido comprobarse; por ejemplo, la explosión de una estrella supernova, en el año 1054 de nuestra era. Sin embargo, entre los acontecimientos de clara raíz científica, se registraron también hechos muy pintorescos e improbables.

Entre descripciones de terremotos, inundaciones y eclipses, aparece la noticia de hechos extraordinarios. Valga el siguiente ejemplo: en la provincia de Qinhai los campesinos vieron durante tres noches consecutivas una luna partida en dos y bandadas de gansos que atravesaban el cielo volando hacia atrás.

Y como si nada, el funcionario que registraba con gran exactitud los acontecimientos, retomaba la crónica de sequías, inundaciones o las reformas del catastro.

Los historiadores se han devanado los sesos durante años ante semejante incongruencia en las 21 Historias. Algo parecido a que contaran en las noticias que una borrasca se ha llevado por delante el puente de Sevilla y, a continuación, explicaran que en Pamplona los toros cantan a cappella un bolero de Armando Manzanero todas las noches de lluvia: Esta tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tú…

Pues así es la sucesión histórica de las 21 Historias; desde luego, los Hechos Desacostumbrados tenían que significar algo más. ¿Eran una clave para acceder a información secreta? ¿Textos cifrados para la élite política?

En efecto, eran textos en clave, de gran importancia, dirigidos al emperador, por inspiración de alguna de las facciones militares o funcionariales. Al Emperador, a todos los emperadores durante miles de años, no se les podía torcer ninguna de sus decisiones, a veces tan nefastas que empobrecían y causaban la muertes de miles, millones de personas según avanzaba el tiempo y aumentaba la población.

¿Cómo se podía advertir al soberano de sus errores sin perder la vida? Se ideó un sistema de mensaje indirecto, aceptado por la corte y por el propio emperador, quien reconocía la crítica en el hecho estrambótico, contado de manera impersonal y sin identificar la fuente.

Si un soberano leía que los perros tocaban la cítara a las doce del mediodía, eso le provocaba un intenso dolor de cabeza. ¿Qué había hecho mal? Repasaba todas las decisiones del último año hasta relacionar una con la noticia. Podía ser culpa del último edicto que incrementaba el diezmo en las cosechas. O bien, la invasión de un territorio extranjero sin garantías de victoria. El emperador sondeaba a la corte y, finalmente, corregía el error para evitar agüeros peores en forma de envenenamiento súbito, por ejemplo, propiciado por su sucesor natural.

Era un sistema efectivo, al menos en parte, muy sutil, perfeccionado durante siglos que evitaba escabechinas y purgas contra los críticos y, al mismo tiempo, beneficiaba a la población sin causar males mayores. Se trataba de que las dos partes aceptaran la convención y la responsabilidad, sin menoscabo de la autoridad imperial. Era como aquel chiste de Gila: Me parece que alguien ha matado a alguien. Así, sin señalar ni ofender a nadie.


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