La otra mirada

La vida y nada más

 

la otra mirada

He vivido escondido desde que aquello apareció en mí al poco de nacer. Fui un ser marcado, alguien que siempre ha tratado de ocultarse ante los ojos de los demás, porque hubo algunos que pronto supieron de mi rareza. Los vecinos, gentes nocivas, quienes desde un primer instante lanzaron su veneno contra mí, contra mis padres, que tuvieron que soportar un continuo escarnio por haber engendrado, según aquellos, una criatura demoniaca. Supe entonces que lo diferente genera temor. También para quien lo sufre.

Mi estigma hizo que desde muy temprano me convirtiese en un ser introvertido, huidizo. Siempre con un sombrero sobre mi cabeza, embutido en un oscuro abrigo cada vez que salía a la calle, con el cuello volteado, tapándome la nuca, por miedo a que se descubriese mi terrible secreto, la marca que jamás se fue, la marca que aún me acompaña.

No sé cuantas veces cambiamos de domicilio, de ciudad. Mis padres sufriendo en silencio. Y yo huyendo de las miradas. Aquello dejó una honda huella en mí.

Eludo citar nombres de los lugares, porque no deseo que me encuentren. También los de las personas, para preservar mi lado amable en aquellas pocas que me conocieron sin saber del aterrador estigma que alberga mi ser.

Ahora soy un hombre viejo. Y esa forma sigue en mi. En silencio. Sin producirme dolor físico. Sé que está ahí, que sigue ahí. Hasta que muera. Pero trato de ignorarla evitando los espejos.


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