La mujer, el soldado y la amante francesa

La sombra liberada

 

A la mujer le contaron que su marido había huído a Francia, con los demás supervivientes de la 44 División. Alguien que lo sabía se lo dijo: tu marido huyó a Francia. Se lo soltó a bocajarro, en el mercado semanal. Ella estaba comprando patatas. Si fue así, eso sucedió un lunes. En este momento de la historia, Mercedes tiene 27 años y hace dos que se casó con el soldado. Ofició un capitán, ante la bandera de la República española y el estandarte de la XV Brigada. Los testigos fueron soldados, chavales con un fusil al hombro. La noche de bodas fue breve, una instantánea. Por la mañana el marido debe ir al frente. Ella, en la madrugada, de pie al final de la calle, saluda con la mano incluso cuando ya no se ve la polvareda que levantó la columna de soldados que se marchó, y piensa: ¿era eso, todo? Dios mío ¿eso era todo?

La historia me la cuenta el hombre sentado frente a mí. Estamos en el bar del pueblo, lo digo así porque no hay más bares en ese pueblo. Es un local amplio, propiedad del municipio. Hay un patio atrás, pero nos hemos quedado en ese interior tan espacioso como desnudo, amarillento, sin más decoración que la enorme pantalla del televisor, al fondo, y por los rincones los ventiladores del bazar chino. En el patio cae un sol de plomo fundido y solo los fumadores más incorruptibles osan sentarse ahí. Y los marroquíes jóvenes, que soportan mejor el calor y la explotación a la que les someten sus patronos.

Sucedió hace ochenta años. La 44 División aparece en la conversación varias veces a lo largo de la tarde. De su desbandada tras la derrota surgen muchas historias y no es que quiera destacar ninguna, pero cuento esta. La cuento porque mientras ese hombre ya tan mayor que tengo sentado enfrente me habla, le descubro un brillo en los ojos que se convierte en lágrimas a medida que desfilan las palabras. Habla muy bien, me admiro yo en silencio, ese hombre tiene el sentido de la narración metido en el alma.

A Mercedes le dijeron que su marido estaba en Francia y que no debía preocuparse: cuando todo se calme, volverá. Volverán todos. Al fin y al cabo él no hizo nada malo ¿verdad? Solo que le tocó combatir en el bando malo. Verás como todo se queda en nada. Esa gente no son bestias, son buenos cristianos y te lo devolverán, ya verás. Pero pasó un año sin saberse nada del marido. Y pasaron dos, y luego tres.

Al fin alguien (otro alguien) dijo que el marido de Mercedes no volvía de Francia porqué se había echado una amante francesa y claro, qué ganas de volver para España cuando tienes a una francesita en la cama. La noticia circuló por el pueblo y alguien se encontró en la necesidad de contársela a Mercedes. Parece que está en Toulouse. Pero podría ser Nîmes, o Marsella, eso no es seguro, vete a saber, él no debe querer que sepas dónde. Se lo contaron en la plaza, frente a la iglesia. A Mercedes le recomendaron que, en ese país renovado, fuese a la iglesia por lo menos los domingos. Ella obedeció. Así que eso de la amante se lo debieron contar un domingo. Una amante francesa le retiene en Francia. Mercedes empezó a imaginarse como podía ser esa amante francesa. Le puso cara. Una cara con el pelo rubio y labios sensuales, algo putones. Piel blanca, un poco rechoncha. A él le gustan las mujeres rubias, blancas de piel y más bien entradas en carnes por lo de las más curvas. Preguntó nombres de mujer franceses y escogió el de Brigitte.

Pasaron los años, y Mercedes fue envejeciendo mientras Brigitte se mantenía tan bella, tan rubia y tan rosada como la primera vez que la vio aparecer en su sueño, hace cuarenta años. Al cabo de cuarenta años, Brigitte seguía siendo tan hermosa -y tan mala, y tan puta- como la primera vez.

Cuando Mercedes tenía los ochenta y pico cumplidos le llegó la carta. El soldado había aparecido. Su cadáver es uno de los que están enterrados, pone en la carta, en una fosa común que acabamos de abrir. Murió en enero del 39 junto a otros de su División. Tuberculosis, lo más probable, como la mayoría de los soldados que metieron presos en un castillo de Pamplona. ¿Debo entender que jamás llegó a Francia? se pregunta Mercedes y se lee la carta cuatro, cinco veces seguidas el primer día y otras tantas en los días siguientes y así durante meses, sentada en su butaca del comedor, en la cama, en la taza del váter, apoyada en el alféizar de la ventana.

Al principio, Mercedes temió que el fantasma de Brigitte la abandonara pero no, no fue así. Cada noche se acostaban juntas y hablaban de él, de la vida en una ciudad francesa de luz bonita, rosada por las tardes, y de los hijos que tuvo con el soldadito español, que siempre fué muy bueno con ella, y buen padre. Y buen amante también, puntualiza Brigitte con un destello pícaro en sus ojos azules y jóvenes para siempre.


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