La memoria del arquitecto Miguel en el desierto de Atacama

Casi lloré de emoción al ver esa escena en el cine

 

Fui un poco cruel con mi amiga. Le pregunté por sus viajes por todo el mundo. Cuando salió a colación el desierto de Atacama, en el altiplano del norte de Chile, disparé:

—¿Qué viste por ahí?

Como su respuesta no decía nada al respecto, seguí preguntando:

—¿No viste gente buscando algo por el suelo?

Le tuve que explicar lo que había averiguado gracias a la visión de “Nostalgia de La Luz” (Patricio Guzmán, 2010). Ya casi no quedan, porque la mayoría cejaron en su empeño hace muchos años, pero aún hay quien anda buscando -¡y encontrando!- huesecillos esparcidos por ahí. Son quizás de familiares suyos, víctimas de la dictadura chilena. A falta del mar de la punta sur del país (donde, arrojándolos drogados desde un avión, fijados a un pesado trozo de raíl, hicieron desaparecer a muchos prisioneros), en Atacama liquidaron a mucha gente que mantenían encerrada en un campo de concentración que luego, apresuradamente, derribaron. Los enterraron cerca y, cuando vieron que había peligro de que se encontrasen las fosas, con ayuda de excavadoras desenterraron los cuerpos y los colocaron en otros lugares. Pero parece que en el traslado de uno a otro lado, debido a algún altibajo del terreno, restos triturados de sus cadáveres saltaron de la pala de alguna excavadora, yendo a caer por el desierto. Esas piezas fueron las que los familiares, armados de paciencia, fueron recogiendo por amplias y hasta alejadas zonas.

De ese campo de concentración del desierto de Atacama del que apenas quedan imágenes es del que quiero hablar hoy. Lo puedo hacer con una idea bastante clara de cómo era gracias a Miguel, un arquitecto que fue arrebatado de su casa y familia sin explicaciones ni juicio y conducido a un paradero desconocido que resultó ser ese. Preso ahí, Miguel fue memorizándolo todo. Explica en la película que medía todo con sus pasos, dibujando por la noche lo que había calculado y retenido en la cabeza durante el día. Cuando tenía hecho el dibujo de uno u otro barracón, de un detalle, el plano de una visión más general del campo, rompía el papel resultante en pedacitos, que hacía desaparecer en la letrina.

Cuando acabó todo, pudo dibujar de nuevo, con una gran precisión, los planos de todo el recinto. El intento de la dictadura militar de hacer desaparecer cualquier imagen del campo había fracasado.

—“Así es la memoria”— nos dice Miguel mirando a la cámara con una sonrisa de satisfacción. Pequeña, ínfima victoria sobre la barbarie que, quieras que no, emociona.


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