La edad te la acerca más

Casi lloré de emoción al ver esa escena en el cine

 

La escena que me conmueve aparece en una película de esas que de tanto en tanto te apetece ver: un documental sobre la inmensa actriz Ingrid Bergman, que tiene la particularidad de estar estructurado a partir de sus propias filmaciones familiares, pues era una gran aficionada al cine amateur, casero, y lo filmaba todo.

Aquí lo han titulado Ingrid Bergman: Retrato de familia. Lo hizo en 2015 Sig Björkman, un director sueco que también efectuó alguna entrevista muy interesante al otro gigante Bergman, el realizador de cine. Su título inglés es quizás más preciso: Ingrid Bergman in her own words, aunque diría mucha más verdad si fuera “en sus propias imágenes”, en vez de “palabras”.

Tanto en sus propias filmaciones como en las secuencias de films que incorpora el documental, se ve, inicialmente, a una Ingrid Bergman bellísima, prototipo de la gran estrella americana; pero una estrella que debía tener algo realmente especial, inusual, dentro. Lo digo por ese giro que da en su vida tras haber asistido a una proyección de Roma, città aperta, un film que, en cambio, no debieron ver otras actrices americanas del momento. Ingrid Bergman sí lo vio, se conmovió con él y, como reacción, tuvo la osadía de escribir aquella famosa carta a Roberto Rossellini, diciéndole cuánto le había gustado el film y dejándole claro que ahí estaba ella, si alguna vez quería rodar con una actriz sueca que hacía películas en Hollywood y que en italiano sólo sabía decir “Ti amo!”.

Rossellini no se lo pensó dos veces y ya la tenemos, poco después, con él, rodando Stromboli, terra di Dio. Ocupan, en la isla eólica, cada uno de ellos una casa con discreta comunicación posterior, dando comidilla a la prensa del corazón por ese repentino cambio en la vida sentimental del realizador italiano, del temperamento latino de Anna Magnani al exótico encanto nórdico de la Bergman.

La secuencia que quiero destacar se encuentra, no obstante, ya bastante avanzado el documental. Se trata de una escena procedente de una película que no he sabido localizar y muestra al personaje que interpreta Ingrid Bergman viéndose tal como es, ya no joven, y exclamando:

– ¡Oh, Dios mío! Perderé a todos mis fans.

Se ve justo entonces un primer plano de ella, mirando a la cámara, con los ojos humedecidos.

He analizado después, al escribir estas líneas, por qué me conmoví con esa situación y cuál fue el motivo de las embarazosas lágrimas que pugnaban por asomarse a mis ojos. Poco antes había visto a la actriz en una prueba, sin maquillaje, efectuada a sus 19 años, por lo que podría ser la brutal constatación de todo lo perdido lo que me hubiera arrastrado, por simple comparación, hacia ese sentimiento. Pero no se trataba de ese tipo de desmorone interior. En ese caso habría visto en su rostro, como en un relámpago que se bifurca, otros dos: por un lado el de esa chica angelical de 19 años; por otro, el de ella misma, bastantes años después, interpretando –para mí que con un cierto tono malhumorado– una película para el Bergman director. O ya con el cáncer que se la llevó de este mundo.

Pero indagando y rebuscando otras causas he dado también con una razón más personal, bastante plausible. En la escena de esa película incorporada en el documental, Ingrid Bergman ya es una mujer madura. La piel de su rostro se muestra picoteada por unas pecas y no es lo tersa que se notaba justo antes, pero no ha perdido, no obstante, por ello, su poder de atracción. Al contrario: parece reclamar una caricia. Doy un salto mortal en el análisis interpretativo y recorro el posible camino seguido. Resuelvo que la visión del rostro de Ingrid Bergman me llevó a verme observando el rostro de mi madre (ya en ese momento una mujer de mediana edad) y cómo también su rostro me condujo a recordar la imagen de una fotografía suya de joven, muy guapa, en una de esas rocas que van punteando las playas de Empúries. La foto la hizo mi padre, en una estancia con ella en L’Escala, antes de su boda. Todo eso debió pasarme por la cabeza, concentrado en un flash que, inevitablemente, me deslumbró.

Vi en ese plano, en definitiva, una Ingrid Bergman muy hermosa. Y llena de humanidad.


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