La caza del amor

La termita y la palabra

 

La noche del 20 de septiembre de 1761, en pleno corazón de Lisboa, el cadáver del jesuita italiano Gabriel Malagrida fue quemado, en un auto de fe, sobre la plaza Rossio. Previamente –la civilización ahorca antes de quemar–, había sido colgado por el pescuezo hasta la muerte. Y allí quedaron las virutas de un pensamiento acorde con el malpensar.

No voy a hablar aquí del pater lombardo, pero sí citaré la frase, de todas cuantas escribió y dijo, que me agrada más: “las palabras le fueron dadas al hombre para ocultar su pensamiento”. Vaya uno a saber qué pensaba el buen hombre cuando eso escribía, qué meandros trazaba su discurso en el mundo cuando oraba y decía. La cosa es que, a veces, ellas, las palabras, no ocultan, destacan lo que su usuario piensa. Porque somos, Antonio Gala dixit, meras estilográficas en manos de la vida, meros esclavos (sentenció Marco Aurelio) al pie de las palabras.

Nunca me gustó contrariar a los muertos que sufrieron el mundo antes que yo, pero lees la prensa, sus titulares de aire o de cemento, y sabes que algo falla cuando un periodista, en una misma frase, echa al guiso del morbo las palabras “caza”, “sexo” y “estación”. “La policía investiga (reza la noticia) a una pareja que fue cazada practicando sexo en la estación de…” Allá cada cual con sus filias y agrados, allá cada cual con sus pasiones arduas y su idea de la exhibición, pero sorprende de pronto que en tiempos alambrados se dé “caza” al deseo irrefrenable y acaso al amor. Obvio que hay lugares, por íntimos, más propios, como arenas y hoteles, como camas y parques cerca de Menaggio, donde el hereje nació.

Gabriel Malagrida nació en Menaggio en 1689 muy cerca del lago Como. Cuando Narciso se ahogó en las aguas, alguien quiso preguntar al estanque cómo era el ególatra y ese alguien se llamó Óscar Wilde. La respuesta que obtuvo no tiene desperdicio: “no lo sé, dijo el lago, en los ojos de él, mientras se ahogaba, me miraba a mí mismo”. Si Óscar Wilde viviera y hoy, como usted o yo, abriera el periódico, correría sin pausa hasta el lago Como. Allí, en sus aguas crisálida, buscaría sin duda la voz de Malagrida y el orgasmo sincrónico de esa pareja extraña que hizo el amor en la retina de la ciudad…  Todos somos Narciso a horas concertadas, todos nos miramos en la pupila del agua, en el dorso de una palabra que no siempre es verdad.

Pero ya está bien de ahorcar a Malagridas, a parejas fogosas; abramos las ventanas, que corra el aire en la vida social. Las muertes en Siria, los muros vergonzantes, las guerras ciegas bajo la alfombra persa, bien oliente, de Europa, sí son pornografía, sí merecen discordia. No el cabalgamiento inocuo del amor en el metro. Ángel González, en un poema de su libro póstumo Nada grave dio con la solución: “cierro los ojos, desaparece el mundo”. Señores periodistas, cierren los ojos y esos jóvenes ardientes se subirán la ropa, regresarán a la oficina, serán como ustedes y no harán el amor.


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