La buena vida

Leído por ahí

 

Séneca (siglo I d. C.) escribió sobre la buena vida, sobre la tranquilidad del alma y sobre la providencia. También escribió sobre otros temas, pero hoy vamos a centrarnos en sus observaciones sobre la felicidad. En De vita beata (hacia el 58 d. C.), quizá el más estoico de sus escritos, nos recomienda soportar la adversidad y afrontar los contratiempos con ojos nuevos. Esa es la puerta de la felicidad. Escribe Séneca:

Es feliz el que se contenta con lo que tiene y, sea como sea, le pone afecto; es feliz aquel a quien su razón hace conformar con el estado de sus negocios.

En apariencia, la buena vida nos espera a la vuelta de la esquina. Para comprobarlo, salgamos de casa y observemos las bombillas de colores, los escaparates de regalos y la sonrisa de la gente en estas fechas. Dejémonos acariciar por la felicidad ajena. Si podemos, concedámonos un capricho: un plato de gambas, un billete de lotería, un perfume caro, un pijama de seda. Desayunemos junto al amor de nuestra vida; almorcemos con nuestros familiares; merendemos con algún sabio; durmamos acompañados por alguien que nos quiera de verdad.

Y si no hallamos la dicha en el mundo exterior, busquémosla en la soledad de nuestra pensión: cenemos coliflor en Nochebuena, acostémonos en una cama habilitada entre paredes sucias y grietas en los baldosines, tratemos de conciliar el sueño, si es que tiene a bien acompañarnos. A veces esos retortijones de tripa o esa tos cavernosa que se resiste a los jarabes son un aviso de algo peor. Aceptémoslo y aprendamos a mirarlo sabiamente.

Aunque cueste creerlo, la falta de salud, la pobreza o la soledad tienen su razón de ser. Llegaron a nuestras vidas para hacernos más fuertes. Son cosas de la providencia. De modo que cuando alguien no tiene un duro, le faltan amigos y le sobran achaques, debería aceptarlo como una excelente ocasión para practicar la virtud. Nos lo dice Séneca, que moralizaba sobre las vidas ajenas mientras él se revolcaba en el lujo y los placeres, consecuencia de su actividad política.

Como es sabido, nuestro filósofo fue llamado por Agripina, la madre del futuro emperador Nerón, para que tutelara al muchacho mientras ella envenenaba a su marido, Claudio I, y dejaba el trono libre para su vástago. Muerto Claudio, Séneca ocupó las más altas responsabilidades de gobierno, se enriqueció sin límite, fue acusado de corrupción y, al final de su vida, fue condenado a muerte por conspirador y tuvo que suicidarse. A pesar de los pesares, Séneca, el filósofo, mantuvo la tranquilidad interior. Hacerlo es de sabios. Conviene no olvidar tal cosa y aceptar lo que nos ha tocado en suerte. ¿Han tomado nota? Pues vayamos a la moraleja.

Moraleja

Considerando lo anterior, trate de guiarse en lo sucesivo por las normas siguientes:

– No olvide que los placeres son mezquinos; las riquezas, pasajeras; los honores, apariencias; los deseos, fuente de frustración. Acomódese a su pobreza y vivirá feliz.

– Agradezca a la Providencia las dificultades por las que atraviesa: son una prueba para su fortaleza. Resista y saldrá vencedor.

– El sabio, cuando pierde los bienes, mantiene el ánimo sereno al verlos desaparecer. ¡Ese es usted! Imite a Séneca y renuncie incluso a lo que jamás podrá conseguir. No sé si se da cuenta, pero con esta actitud se estará anticipando a la más excelsa sabiduría. ¡Felices Navidades!


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