La aventura en la pajarería

Desde detrás de mi estantería

 

No sólo de libros vive una, así que ayer, por la tarde, me fui de compras. Necesitaba abastecer mi nevera de frutas y hortalizas. Visité la frutería y verdulería correspondientes y, por último, fui a la pajarería para comprarle comida a mi querido canario. En dicho establecimiento, además de vender animales domésticos, hay toda clase de piensos, legumbres, frutos secos y utensilios varios, es decir, todo un bazar del siglo XXI. No es uno de los sitios que más frecuento. Cuando entré estaba lleno de gente pero, para mi sorpresa, el empleado, un joven eslavo, me reconoció de otras veces y dijo a voz en grito:

—Miguel, sal que ha venido la señorita que te dije.

Todos los que estaban en la tienda se quedaron mirándome. Me sentí un poco cohibida ante esa deferencia. El propietario de la tienda, que estaba atendiendo a otra señora con la que hablaba con mucha familiaridad, en valenciano, se dio la vuelta para mirarme. Despachó rápido a la clienta y se dirigió a mí en castellano interesándose por lo que podría necesitar. Le rogué que continuase hablando nuestra lengua y a partir de ese instante comenzó la aventura.

Intenté pedirle pienso para mi canario pero comenzó a decirme que debía de ser muy duro dedicarse a esas cosas de la educación que imaginaba era en lo que yo trabajaba. Comenzó a narrarme que su abuelo, que hacía muchos años que se había muerto, cuando él era pequeño, le había contado que, en 1915, a los maestros de escuela, los padres les echaban piedras porque no querían que educasen a sus hijos.

Intenté responderle y decirle que cien años después, las cosas no iban tan bien como desearíamos que fuesen, pero no logré parar su torrente de palabras. Siguió con su monólogo.

Me dijo que él no había conseguido leerse un libro entero en su vida. Que lo había intentado con el Quijote porque hablan tanto de él, pero que no había podido, así que consciente y acomplejado por su propia torpeza, se había molestado en buscar otras obras de Cervantes y que encontró Las novelas ejemplares. De ellas, sólo había leído La gitanilla y le había encantado.

Pretendí recomendarle alguna lectura más pero me resultó imposible colocar una palabra ante ese torrente de aseveraciones.

En ese instante, salió, de la trastienda, su hermana y terció en la conversación-monólogo diciéndome que ella tampoco se había leído el Quijote pero que, ahora, lo haría porque se lo había comprado traducido al valenciano y que esperaba entenderlo.

Opté por callarme pues no podía salir de mi propio asombro. ¿Cómo una persona que, se supone que ha ido a una escuela, bilingüe, una ventaja que tenemos en nuestro país, no comprende una de las dos lenguas oficiales? Quizá todo se debía a que algo no había funcionado bien en el sistema educativo de estas décadas pasadas.

Por fin, el locuaz tendero me preguntó qué quería comprar y le dije que mixtura para mi canario. Me dio el pienso. Me hubiese gustado recomendarle alguna lectura, alguna obra de teatro que ver, algún museo y exposición que visitar pero opté por ser prudente y no hacerlo porque la perorata proseguiría hasta quién sabe qué hora. Espero que la próxima vez, antes de que comience el monólogo, me permita hacerle alguna recomendación para su espíritu inquieto.


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