Joan Baptista Humet, cantautor ausente

Casa de citas

 

Cuando me dejo arrullar por los recuerdos, algunas canciones de Joan Baptista Humet (1950-2008) pueden emocionarme hasta la lágrima. Así sucede con Otoño en Navarrés, una canción que pertenece al disco Amor de aficionado (RCA, 1982), quizá la obra más personal del artista. En este vinilo, porque fue un vinilo en sus orígenes, Humet nos habla del pueblo donde nació, de su adolescencia, sus amigos y sus amores, y lo hace con delicadeza y sensibilidad. Hay añoranza y tristeza en su trabajo, en las letras de sus canciones y en la manera de decirlas, pero también hay pasión y un sincero interés por los avatares de la existencia. Escucho las canciones de Humet y no puedo dejar de escucharme a mí mismo: sus problemas son los míos y algunas de sus vivencias son compartidas, aunque yo no sea capaz de expresarlas poéticamente.

Joan Baptista Humet fue un cantante triste y reflexivo, con un estilo que no casaba bien con las exigencias de finales de los setenta. Demasiado romántico, demasiado espiritual, para ser un cantautor al uso. No debe extrañarnos que Salvador Escamilla le cerrase las puertas de su programa Radioscope, donde sólo se promocionaba a los artistas de la Nova Cançó. Joan Baptista Humet, a pesar de que vivía en Barcelona, que cantó y grabó en catalán y estuvo dos años trabajando como telonero de Lluís Llach, nunca quiso ponerse al servicio de la cultura catalana (ni de ninguna otra, que yo sepa). Él había nacido en Navarrés, un pueblecito del interior que se abre a la montaña en la provincia de Valencia, donde se chapurrea el valenciano y se habla (mal que bien) el castellano. En una ocasión, declaró sentirse castellano-pensante y afirmó que no le importaba componer y cantar en castellano porque ése era también su idioma. Humet hizo estas declaraciones en Perpiñán, cuando todavía acompañaba a Llach en sus conciertos, motivo por el cual se le invitó a abandonar la gira. A partir de entonces, grabó en el idioma que mejor se avino con lo que quería expresar y, tras un par de discos en catalán, publicó el resto de su discografía en castellano.

Hay en Navarrés un castillo en ruinas de origen incierto, un silo árabe donde en el pasado se guardaba la cosecha y un montón de callejones estrechos y largos que desembocan en la Iglesia de la Asunción y luego ascienden en zig-zag hasta la Ermita del Santísimo Cristo de la Salud. En ese pueblo de herencia morisca, algarrobos, trigales y tabaco fue a nacer Joan Baptista Humet por expreso deseo de su madre, harta de parir con pésimos resultados en Terrasa. En Navarrés vivía su cuñado, médico, y allí nació Joan y otros dos de sus hermanos. Siendo chaval, pasó largas temporadas en el pueblo, alternando campo y ciudad y sus dos idiomas de origen. Con el tiempo, el pueblo pasó a formar parte de su identidad y cuando tuvo que elegir destino definitivo (un cáncer inclemente se lo llevó a los cincuenta y ocho años), pidió ser enterrado en el cementerio de Navarrés, un lugar de paredes blanquísimas, sobre una colina que divisa el pueblo.

Quizá los vaivenes geográficos de su infancia le permitieron transitar con comodidad por lenguas y culturas, sentirse rural y urbanita a un tiempo, relacionarse con todo tipo de personas, gente de campo y ciudad. Y quizá también porque siempre fue ajeno a las modas, singular e individualista, no consiguió el éxito masivo y duradero que se merecía. Sin otras raíces que las compartidas por el común de los mortales, nuestro artista proclamaba abiertamente su extrañamiento. ¿Cómo no verse reflejado en él?

Yo no nací en Navarrés, pero viví allí desde los seis a los diez años, mientras mi padre ejercía de maestro y Joan Baptista Humet pasaba los veranos en casa de su tío, don Agustín, el médico. Con Juanón, como le llamábamos entonces, compartí excursiones y baños en el río Escalona, el barranco de Bolbaite y los Charcos de Quesa. Juntos cazamos gatos, desmochamos las paredes del cementerio viejo, apedreamos albaricoqueros en la carretera y jugamos a pídola con otros chavales de nuestra edad. No soy de Navarrés, pero una parte de mi infancia pertenece a ese lugar.

Hoy recupero Otoño en Navarrés en la versión de Miquel Gil y Manel Camp Trío, con David Pastor a la trompeta (2009). En ese disco, la canción de Humet suena más dura y encallecida que en el original. Juega a su favor la voz rugosa de Gil, el ritmo cadencioso del trío de jazz y la atmósfera evocadora de la trompeta. Cierro los ojos y me sitúo en los sesenta. Éste es el ambiente que describe Humet:

Llega el otoño a Navarrés de nuevo
va encaramándose a los olmos sobre el sendero.
Llega en el viento que recorre los sembrados
y en el reloj del campanario estropeado.

Llega el otoño a madurar los campos
fluye por la canal y cuelga de los naranjos
y a media tarde se adormece en el casino,
apura un vaso de vino y abre un dominó.

Llega el otoño para abrir la escuela,
le pone abrigo al sol y medias a las mozuelas,
llena de olor a pan caliente los tejados
y hace sonar un clarinete improvisado.

Llega el otoño y se quedó dormido
se nos perdió a los pies de algún nogal encendido,
dicen que se escondió para no ver

que está nevando desde ayer… y están de fiesta los chiquillos.

No queda sino imaginar al narrador entrando en el casino a media tarde, frotándose las manos y pidiendo un coñac. Empieza el frío en el pueblo. El viento desnuda las ramas de los árboles y remueve las almas de los lugareños. En una de las mesitas del bar, el médico abre la partida con el seis doble. Juega con el maestro contra el secretario y el cura. El chasquido de las fichas sobre el mármol puntúa el silencio de la tarde. Juegan con rapidez y decisión. Uno pide un café; otro, un vasito de seltz. Hacia las ocho, el cura murmura algo sobre la necesidad de arreglar el reloj del campanario, que no funciona. Alguien se encoge de hombros y suspira. Al acabar la partida, el maestro se despide. Es casi la hora de cenar y le esperan en casa.

En Navarrés estuvimos cuatro años. Con el traslado perdí la pista de mis amigos y hasta muchos años después no supe que Juanón se había convertido en Joan Baptista Humet, el flamante creador de Clara (1980), la composición por la que sería recordado en todas las antologías de la canción de autor española. Humet cerró su ciclo musical en 1984, con un disco de expresivo título: Sólo soy un ser humano, por si alguien esperaba más de él, y se ausentó durante veinte años. Tuvo un regreso fugaz en 2004, con su último trabajo Sólo bajé a comprar tabaco, una ironía sobre la presencia y la ausencia en la profesión y en la vida. Luego murió en noviembre del 2008.

Volví a Navarrés en dos ocasiones. La primera en las Navidades de aquel año, cuando mi madre, ya anciana, quiso visitar a su vieja amiga doña Ausencia. “Hace mucho que no sé nada de ella -me dijo-. Cuando la telefoneo, no me contesta. Igual se ha ido a vivir con su hija o igual se ha muerto, porque estamos todas en edad de morirnos”.

Cuando llegamos a Navarrés había mercadillo. En cuarenta años el pueblo era otro y no sabíamos dónde buscar a doña Ausencia. El párroco nos informó de que aquella señora había muerto a finales de agosto. Fue algo rápido e inesperado: doña Ausencia pasó de ser a no estar. También supimos que en noviembre había muerto Joan Baptista Humet y que lo habían enterrado en Navarrés. Fuimos hasta el cementerio. El día era brumoso y mi madre no bajó del coche. A través de los cristales, ofrecía la imagen empequeñecida y desvaída de quien está a punto de desaparecer.

Volví a Navarrés este último verano con la esperanza de superar mi extrañamiento. De repente la edad te pide volver a esos lugares donde recuerdas haber sido. Se trata de una ilusión: el pasado ya no está y el presente nos expulsa. Recorrí las calles del pueblo y no encontré lugar ni persona que me reflejara. Busqué las fuentes y el riachuelo de mi infancia y descubrí que cualquier humedal había desaparecido en el pantano de Tous. Me acerqué al cementerio y lo encontré cerrado. Era martes. Por una puerta lateral pude leer los nombres de algunas lápidas: quizá las de mis propios amigos, definitivamente ausentes.

Salí huyendo del pueblo. Estaba claro que aquél no era mi lugar. Cuando enfilé la carretera que lleva por Gavarda hasta el mar, hice sonar la única canción de Humet que me eleva el tono vital. Entonces la hice mía y canté con Juanón el estribillo a grito pelado:

¡Hay que vivir!, amigo mío,
antes que nada hay que vivir,
que ya va haciendo frío,
hay que burlar ese futuro
que empieza a hacerse muro en ti.

En fin, otra ilusión.


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