Je est un autre

Las cuatro elementas

 

Jamás he escrito más allá de diez o doce palabras seguidas, eso me ha llevado a considerarme más poeta que literato. Pero la otra tarde, ya con la calima veraniega haciendo estragos en las meninges, recibí un cablegrama de una prestigiosa publicación en la que se me invitaba a participar en un concurso literario internacional, dotado con varios centenares de miles de euros.

La cifra, entre obnubilante y tentadora, me hizo soñar con las posibilidades que ofrecía y por momentos me vi famoso y rico. Instantáneamente sentí el interno frescor del “todo resuelto”. Siendo, como soy, viejo y pobre, la cantidad garantizaba con creces una retirada digna de las pensiones públicas y una saneada y casi lúbrica actividad social que años atrás tal vez soñé, pero que hacía tiempo que no apreciaba. Cierta descompostura social en mi trato con la gente hace mucho que me mantiene apartado de los festines y alharacas de la vida social. Soy un personaje raro, demasiado normal para parecer esnob, y demasiado excéntrico para pasar por tolerado; total, ni chicha ni pescado, tal vez lo peor. Me siento mal por no ser nadie, como todos los demás.

La ofuscación del innombrable dígito con el que estaba dotado el premio me llevó a plantearme muy seriamente participar en el concurso e intentar conseguirlo. A fin de cuentas, un cuento es algo bastante cotidiano y, en lo relativo a la escritura, llevo años, tal vez demasiados, sabiendo, convencido, que soy un gran escritor, pues siempre supuse que los más grandes escritores son los que nunca escribieron nada. Pero la des-escritura no venía al caso. No se puede optar a un premio de escritura sin escribir algo.

Esto de tener que escribir me desestabilizaba un poco, pero lo acepté de buen grado; me pareció lógica la necesaria condición de escribir para ganar un certamen literario; es difícil convencer al jurado de ser un gran escritor, sin al menos aportar una prueba.

En estas, decidido a escribir, sólo tenía que crear una historia, una historia original, no van a dar un premio a un papanatas que sin ton ni son empiece a escribir algo que carezca de audacia, tenga carácter y sea ingenioso, que mantenga en vilo al jurado por el desenlace, y esté narrado con un léxico preciso y una sintaxis de párvulo seminarista. Esta enumeración de cualidades me incomodó; siempre he pensado que los premios están amañados, incluso los que tienen más fama. Bueno, esos los que más, no es que urdan quién gana, no, pero son muchas las circunstancias que confluyen al otorgarlo: políticas, editoriales, económicas –por supuesto–, e incluso sexuales. Si en esta edición toca chica estoy perdido, u homosexual; bueno, yo siempre he sido un poco indeterminado, confuso. Lo mismo tengo que abundar en una deriva ambigua en ese terreno.

Ante el jurado soy opaco, la obra se presenta en anonimato. Eso es una ventaja, si alguien del jurado es capaz de imaginarme en el discurso de entrega, sólo por ello, por buena que fuera la obra, no me aportaría su voto. Y eso que, con el frac o el chaqué que se luce en las entregas de esta enjundia, todo error estético personal se diluye, incluso cuando se pierden los pantalones en público.

¿Y si les da por hacerse los raritos en el jurado? ¡Je! A veces pasa. Recuerdo la mención de Beckett en el Nobel, fatal para ambos, autor y premio. Tendría que prever artillería estrafalaria, algo como un cuento sin aes, sin es, ni oes, úes o íes, o mejor sin ninguna vocal. Eso, a más de difícil lectura, le imprimiría carácter personal.

Aficionado al Babelia para eludir la falta de barniz académico, siempre he incidido más en las lecturas, en el semanario cultural, de los desaciertos de los próceres y la ineficacia predictora de la calidad que en los autores a los que les dan los grandes premios. Mírese el histórico del Goncourt, lo más granado en premios después del que me ha distinguido con la invitación.

El Goncourt, el único que pasó a la historia de la literatura “real”, Louis Poirier lo rechazó. De los otros autores y textos, una parte ha quedado para bibliotecas muy selectas –para taxidermistas de la sintaxis– y el resto para volúmenes de las colecciones que regalan los diarios, que nadie lee, y terminan por lo general calzando las lavadoras o las mesas de las terrazas.

Cuando te enfrentas al papel o la pantalla (la pantalla ha heredado todo lo bueno y malo de la vetusta pasta de celulosa y más si la angustia por el encargo te acongoja), el papel o los cuelgues del Windows terminan convirtiéndose en un enigma vasto y conspicuo si no te enfrentas a ellos con método, idea y oficio.

Recabé en unos manuales del tipo autoayuda (no sé si acertado, pero determinante). Encontré cuatro interesantes textos en la Cuesta de Moyano, muy apañaos de precio: Cómo ganarse la vida de negro literario, subtitulado “Manual del verdadero escritor”; Introducción al estudio de la sílaba (este no entraba bien en el objetivo, pero era un chollo con sus mil doscientas páginas, por dos euros); Escriba bien sin que se note (no he profundizado en él, por lo que el título sigue siendo un enigma: se note ¿qué?, ¿que escribes?, ¿que no sabes escribir?); y el determinante para este proyecto: Cómo escribir un Best Seller.

En el libro, que se convirtió en mi lazarillo, una especie de mantra incidía machaconamente en lo que era necesario para triunfar en la aventura literaria. Dos cosas: una meticulosa y estudiada carga afectiva en el texto, pues escribir no es otra cosa que suscitar emociones, y, sobre todo, la utilización de una estructura ordenada y elegante. Por desgracia, ese canto de maitines, que de insistente se convirtió en motete, obstruía la carga afectiva que necesariamente precisaba. Supuse no saber encontrar la clave para ¿una meticulosa carga afectiva?, incluso me azoré en la imposibilidad de poder manejar una estructura ordenada y dudaba, (La Duda, característica de todo autor novel) de poder ser elegante.

En estas me surgió un planteamiento: todos los cuentos hablan de alguna de las dos pasiones por las que nos movemos, o el sexo, o el dinero. Yo soy de poco éxito en las relaciones sexuales y de pasta, ni te cuento. No eran áreas en las que la experiencia pudiera ser fuente de relato; en su ausencia, más fuerte la imaginación y el deseo, creí poder encontrar sustento textual.

Puestos al sexo y sus amplios andurriales, mi desaforado magín empezó a idear tan variadas y truculentas trufas de lujuria que su edición bajaría Las sombras de Grey a la sección de narrativa infantil y el mismísimo Sade se revolvería en su tumba.

Sinceramente, no es justificación, es vértigo: si amanezco con una obra de este corte, seré un proscrito, un encasillado, nunca saldré del sino maldito del porno, (véase si no cómo acabó J. M. de Prada, por culpa de su opera prima Coños: condenado a ser redactor de L’Osservatore Romano).

Descartada la lujuria, por las solemnes razones aportadas, decidí centrarme en los aspectos del poderoso don Dinero. Mis enhebres al centrarme en ese tema carecían de garra. Cualquier sección de informativos desgranaba más avaricia, ira y soberbia en las noticias económicas, gubernamentales o de sus entornos, que los melifluos enredos que yo pudiera maquinar. Nunca la ficción podrá darle caza a la financiera realidad cotidiana, al desmadre de los capitales desaforados, al desprecio de la vergüenza, ni al descuido de la decencia por el que deambulan los neo-cons con orgullo y galanía. ¡Fatal!

Al constatarme sin un argumento preciso caí en cuestiones en las que debería haber caído antes. Temas de profundo calado sobre la actitud. Ante todo me siento un personaje íntegro y no quisiera embriagarme en vulgares excusas como el “no sé” o “no puedo”, que dulcifican o atormentan, según casos, al “no quiero”.

¿Qué pinto yo figurando en un circo del que siempre me he sentido ajeno? ¿Cuál es mi papel en ese sainete de adocenado oropel que desemboca en academias con las que no comulgo?

¿Gloria? ¡Yo soy estoico! Al fin y al cabo, como dijo Juvenal en su octava sátira: Gloria quantalibet quid erit, si gloria tamtum est?

¿Para qué? Al final todo acaba convirtiéndose en un tedioso ir de plató en plató, hablando de tu libro. Y a lo sumo, en contadas ocasiones, casándote a los noventa con la azafata de los anuncios de bombones o de tazas de baño. Además, ¡yo no espero vivir tanto!

¿Y si la convocatoria que había recibido fuera una broma? ¿Y si después del esfuerzo no le dieran acuse de recibo, por ni tan siquiera haber sido invitado?

Escribir un brillante cuento desgranando esfuerzo, construyendo sortilegios que embauquen al lector, destilando néctares que embelesen a los incautos, y hacerlo para nada, sería lamentable.

Finalmente, no conseguí dar con la clave para establecer un estructurado diálogo con el papel del no quiero, no debo, no puedo. Pero un arresto de educación me llevó a dirigir una sucinta nota de agradecimiento a los organizadores del concurso por la deferencia de haberme avisado.

Muy Ilustrísimos Sres.:

Quiero agradecer su amable convocatoria al prestigioso premio que dirigen. Es, sin duda, un honor verse recompensado por una deferencia como esta, máxime en mis últimos días.

Por desgracia, labores de diversa índole y enjundia me tienen más atareado de lo que quisiera. Por ello, al no disponer del tiempo necesario para trabajar la obra como el premio merece, con gran tristeza, no podré satisfacer sus deseos.

Ruego sepan disculpar mi ausencia y espero que en otros autores encuentren la gracia, genio y oficio, que por la ausencia de mis textos, yo les he restado.

Atentamente,

Juan López.

Sólo dos días después recibí una escueta nota:

Confundido Sr. López:

No tenemos conocimiento de los datos que nos explica en su engolada carta.

Sin duda se trata de un error del que nuestra organización es completamente ajena.

No sabemos a qué invitación se refiere y ni le conocemos, por ello no le hemos podido extender invitación alguna.

Quede usted con dios, señor Nuestro.


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