Intemporal

El asombro del tritón

 

Echaba de menos aquella conmoción diaria, el tsunami de dedos temblorosos que me precipitaba al vacío. Y después el declive suave, la lenta peregrinación de mis partículas. Mi cintura abreviada comprimía el momento y todo acababa en la calidez de un abrazo amplio y simétrico que se repetía cada amanecer.

Ahora, a través de mi propio cristal, solo conozco el hacinamiento inmóvil, esta oscuridad compacta sin relevo, ilimitada. Ni siquiera sé qué soy.

Hasta que, de pronto, a través de una rendija de luz, un atisbo de sorpresa repiquetea en mi ventana. Tengo tantas preguntas por hacer, tantas dudas que, por fin, me dirijo a él:

—Tú que me ves, dime, ¿qué soy?— No puedo asegurar que me entienda.

—Un maldito reloj de arena—. Sin embargo, yo sí le oigo.

Me atenaza un nuevo tsunami de dedos, pero esta vez firme, perentorio.

—A la basura. En este armario el abuelo no hacía más que almacenar cosas inútiles.

Y con su aliento feroz, empaña mi ventana y descubro mi verdadero ser. No me ha mirado más de un segundo, pero a pesar de todo, llega la luz y el temblor del tsunami definitivo: mi liberación.

 

 

 


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