Homie

Cruzando los límites

Se asomó al pozo y vio la otra dimensión. El pozo era un agujero negro en un patio imaginario. Quería entrar, buscaba una vida plácida en un planeta con una humanidad desarrollada, pero el hecho de nacer y tener que descubrirlo todo, las impredecibles circunstancias, la vaguedad de lo desconocido… Por fin, se decidió, se tiró al pozo y lo olvidó todo. Hasta que, veintidós años después, cuando recuerda aquel momento de indecisión, es un veterano miembro de una de las maras más conocidas de El Salvador.

Está en el patio de una prisión, a pecho descubierto y completamente tatuado. En la espalda lleva el nombre de la Salvatrucha, pero en el vientre se ha hecho tatuar el rostro y las manos de una mujer, escondidos entre las calaveras y los símbolos. Le basta con tocarlos con los dedos para sentirse mejor. Está de rodillas, como varias decenas de presos, soportando un diluvio universal que chorrea desde un cielo caliente como el coño en celo de una adolescente. Un culero grita su nombre.

—Avenir, quédese quieto, los demás se me separan— y los chicos empiezan a dispersarse por el patio.

Avenir se queda quieto, se mira el tatuaje del brazo derecho, un dragón estrangulado al que han sacado los ojos, y piensa en la música de la mara, en aquella “vida de maldad” de las canciones, y de pronto siente que aquella no es su vida y descubre por qué hizo aquello: el largo viaje hasta la Ópera de El Salvador atraído por la Sinfonía Fantástica de Berlioz. Se apostó con un compinche en uno de los parqueos, a salvo de los culeros, y al primer hijo de puta del barrio rico de Santa Tecla que vino a buscar el carro lo macheteó y luego le tiró un fajo de billetes, mientras le decía, con calma:

—No es una cuestión de dinero cabrón, es un asunto de respeto, tú lo tienes todo y nosotros, la calle; pero en el fondo del paladar todos somos iguales.

Cuando lo detuvieron, puso las rodillas en el suelo y se llevó las manos a la cabeza.

—No me haga daño, mi capitán, en la prisión somos todos compañeros y, en la calle, pues están los demás cabrones y su familia, güey.

En aquel patio, todos los pendejos de su mara estaban muertos, solo quedaba él, el soldado número trece. En la calle, vivía entre pandilleros y perros; marihuanero de nacimiento, el barrio era su único universo, siempre dispuesto a la pelea, prefería el bate o el machete a la pistola, las canciones de los raperos, la melancolía de los homenajes a los muertos, los abrazos de los compañeros y los puñetazos… y cuando despertó a la conciencia universal descubrió que todo lo que había esperado de este mundo se había desvanecido cuando se aficionó con doce años al pegamento y su madre y su padre pasaron a ser el cemento y los portales. Con catorce años ya formaba parte de un escuadrón, con veintidós le habían roto cuatro costillas y los tatuajes ocultaban una docena de cicatrices; en la vida solo aspiraba a conseguir trece víctimas, su número de la suerte, y siempre llevaba los bolsillos llenos de dinero que apenas le servía para dar el pego.

De pronto, mientras la lluvia sigue rociándole la espalda, en algún rincón de su mente se revela que en una vida anterior ha sido clarinetista, de ahí que aquella noche se metiera entre bambalinas en la ópera, solo para escuchar el retumbar de los timbales en aquella marcha hacia la muerte de Berlioz… quizás, una vez, cuando era muy pequeño, su padre le llevara a escuchar la Sinfonía Fantástica… pero no, su padre era un chatarrero de medio pelo. Tal vez había mirado al fondo del pozo sin darse cuenta y su conciencia había empezado a disolverse y a emerger en el patio imaginario de un lugar inexistente que conectaba todos los mundos, como si el universo se hubiera congelado y no fuera más que un pedazo de hielo entre sus manos. Tiene la sensación de haber vivido en otros lugares muy lejanos y se toca el cuello donde tiene tatuado un collar hecho con colmillos de una especie extinguida hace miles de años.

La primera puñalada le llega por el costado izquierdo, en el ojo del demonio que le tiende la mano al Cristo del antebrazo. Una cuchillada no es nada, se dobla uno hacia ese lado, cierra los ojos, se encomienda a la Virgen y lucha contra el dolor. Pero la siguiente puñalada es tan dolorosa que siente arcadas… Se lleva la mano a la boca y mira la sangre: la marcha hacia el cadalso. El tercer hijo de puta prefiere el bate, que se estrella contra su sien derecha y le rompe el cráneo. Se desploma y, en ese momento, sin saber por qué, toda su vida desfila en pocos instantes por su mente; pero no la del guanaco herido de muerte, sino la de clarinetista, los años en Basilea, la escuela de música, las horas de práctica, el cariño y el apoyo de sus hermanos, la nieve… está viendo nevar cuando muere, él, que nunca había visto nada parecido en el trópico de El Salvador, solo el calor, que es como nadar entre los labios de una virgen… tiene esa sensación, de que se está disolviendo mientras toca el clarinete y siente los pizzicatos cuando su cabeza se desprende. En la próxima, espera tener más suerte.


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