Historia triste de Navidad

Lengua de lagartija

 

Bonifacio Cabrales, de cuarenta años, hombre bueno y trabajador honrado, figuraba entre el personal de limpieza y mantenimiento de la empresa Blood Sucking S.A. Su jornada laboral empezaba a las seis de la mañana (de lunes a sábado) y finalizaba a las seis de la tarde, con un intervalo de 9 minutos hacia el mediodía para el bocadillo y el vaso de agua. Los sábados libraba a las tres de la tarde. Era el día en que se daba el lujo de comer un par de hamburguesas en el cercano McDonald’s. Seguidamente tomaba un café y fumaba un cigarrillo: el sueldo no daba para mucho más. Bonifacio arrendaba una habitación en el modesto apartamento de una viuda soltera y nonagenaria que lo apreciaba por virtuoso, pues nunca lo había visto borracho ni en compañía de mujeres, aunque habrá que reconocer que Bonifacio Cabrales no era lo que se dice un hombre agraciado y tampoco tenía dotes de seductor. Sin embargo, no estaba falto de anhelos amatorios, lo que lo empujaba a la masturbación las tardes del fin de semana, siempre antes de la siesta.

La nochebuena de 1985 Bonifacio y la viuda la festejaron en mutua compañía. Ella abrió una botella de sidra El Gaitero y él aportó una de anís El Mono. Los efluvios del alcohol abrieron las compuertas, lo que llevó a Bonifacio a confesarle a su patrona que era virgen y a ella a confiarle que no deseaba morir soltera. Se casaron una semana más tarde y la misma noche de la boda tuvo lugar el desvirgamiento, durante el que falleció la viuda por causa del ajetreo. Bonifacio quedó como único heredero, beneficiándose del apartamento, un juego de té de loza con un par de tazas cascadas, una bolsa para el agua caliente y unas pocas cosas más.

Los días previos a la nochebuena de 1986 Bonifacio Cabrales acudió al club Hot butterflies, quedando extasiado por las bellas señoritas que allí alternaban. Se prendó de una que respondía al nombre de Mesalina, a la que invitó a pasar la noche en su apartamento: el capricho le costó el salario de un mes.

La noche siguiente Bonifacio regresó al Hot butterflies para proponerle matrimonio a Mesalina. La chica aceptó de buena gana, no sin antes soltar una alegre carcajada.

Tuvieron tres hijos en el siguiente orden: Huguito, Dieguito y Luisita, pero después del nacimiento de la niña, Mesalina abandonó prole y marido para volver a frecuentar los clubes de alterne.

El sufrido Bonifacio Cabrales crió y educó a sus hijos con sacrificio y dedicación, pero ya dicen que Dios aprieta pero no ahorca, lo cual se verificó el día en que la carta de un abogado de la ciudad de Sidney le hizo saber que quedaba como único heredero de un tío emigrado a Australia en la década de los cincuenta.

Bonifacio Cabrales adquirió una gran mansión en el Barrio Alto y, el mismo día que tomaba posesión del nuevo domicilio, golpearon a la puerta: era Mesalina, que se manifestaba arrepentida y llegaba en compañía de dos jovencitos nacidos durante sus andanzas de barragana. Se llamaban Agapito y Ronaldito. Bonifacio, que por lo visto era un santo, dijo que la perdonaba y aceptaba a los hijos del burdel como propios.

Así vivió la pareja durante unos meses, en compañía de los cinco vástagos (los tres habidos en común y los dos nacidos en el lupanar), en relativa concordia e irreal felicidad, hasta que Mesalina murió como consecuencia de una enfermedad adquirida durante sus alegres correrías.

Bonifacio Cabrales, nuevamente viudo, cuidó a los cinco con el mismo esmero que si fuesen todos suyos, pero la nochebuena del año 2012, cuando la crisis golpeaba con saña, se sintió morir. Llamó a los muchachos a su lecho de enfermo para anunciarles el destino de cada uno.

—Tú, Huguito, que siempre tuviste vocación pensante, serás filósofo.

—Gracias, papá, me esforzaré por ser un buen filósofo.

—Y tú, Dieguito, que siempre te has interesado por la salud de los demás, serás médico.

—Gracias, papá, intentaré ser un buen médico.

—Y tú, Luisita, que siempre te has rebelado ante las injusticias, serás abogada.

—Gracias, papá, haré cuanto pueda por servir a la justicia.

Después de esto Bonifacio Cabrales guardó silencio por un largo rato, hasta que los hijos de Mesalina, con manifiesta impaciencia, preguntaron a dúo:

—¿Y nosotros, papi? ¿Nosotros qué seremos?

Don Bonifacio Cabrales esbozó una sonrisa amarga antes de pronunciarse:

—Vosotros, queridos míos, seréis banqueros.


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