Hazme llorar, Beethoven

Lógica (pati) difusa

 

Hace unos años me invitaron a participar en un estudio sobre percepción musical y experiencia cognitiva. Se trataba de escuchar varios audios y puntuarlos después en una escala que medía el efecto emocional de las melodías.

Durante varios meses el silencio en mi correo empezó a preocuparme. En el programa de reclutamiento decía claramente que en pocas semanas se nos informaría de nuestro perfil músico-cognitivo-sensitivo. Barruntaba que esa tríada no me era favorable. Quizás mis respuestas habían revelado alguna característica infame de mi mente, imaginé que estarían sopesando cómo decirme: usted es irrecuperable, ni siente ni padece las tonalidades musicales, a usted le causa el mismo efecto escuchar el Achilipú que el segundo movimiento para piano del concierto número cinco de Beethoven. ¡Dios santo!, exclamaba para mis adentros todas las mañanas, vacía mi bandeja de correo de la ansiada evaluación, ¡soy una pervertida musical ¿Qué habrán averiguado de mis entresijos mentales que yo ignoro?

Por fin llegó el informe. Soy normal, tan sensible como cualquier otra, pero…un pelín adicta a las melodías asociadas a las emociones tristes y muy reactiva al sonido del didyeridoo, ya saben, el instrumento musical de los aborígenes australianos.

Dejemos el didyeridoo, por ahora no tengo intención de volver a escucharlo, pero ¿por qué las melodías tristes que evocan un sentimiento de pérdida, nostalgia o abandono nos encantan a la mayoría? Por paradójico que parezca, la percepción musical –lo que interpretamos según  nuestro contexto cultural— de la melodía triste es distinta de la “emoción sentida”, esta última  provoca un aluvión de emociones positivas, por eso triunfan canciones de sufrir y penar.

Con el segundo movimiento del concierto número cinco de Beethoven he llorado sin freno durante días (unos segundos, tampoco hay que exagerar). Hubo un momento en mi vida que, desde buena mañana, esos casi ocho minutos del fragmento me preparaban  para reflexionar sobre la brevedad y la irrelevancia humana. Salía camino del trabajo con mi Beethoven en el coche y la mente en calma. Luego, más animada, ponía otras músicas, más arrabaleras y tristes, que aún me alegraban más. Por ejemplo, Cruz de olvido, cantada por Chavela Vargas. ¡Cuántas lágrimas reprimidas mientras cambiaba de marcha! Qué gozoso inicio de día, aunque de ninguna manera quería llegar a la oficina con el khol de los ojos hecho cisco.


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