Falta uno

Escalofríos

 

Lo que voy a contar no es ficticio. Se trata de una vivencia real, experimentada, sentida… o quizás no.

Hoy ya soy un tipo maduro, con una edad que otros más jóvenes comienzan a calificar como respetable y, aunque aún faltan bastantes años para que se me pueda considerar anciano, para la gente con menos edad puedo ser la imagen de alguien muy mayor. Pues bien, con ese amplio camino vital ya recorrido, aún sigo echando en falta un día de mi vida que perdí siendo muy niño, un día que ha desaparecido de mi memoria de manera absoluta y que, transcurrido tanto tiempo, aún no he conseguido explicar, ni mucho menos, recuperar… si es que algo así se puede recuperar.

A mucha gente le resultará familiar la sensación de tener recuerdos falsos o, si no falsos, de poseer habitaciones de la memoria alteradas por diversas circunstancias, por el entorno o por algún suceso impactante, por la familia o las amistades, o, incluso, por la repetición continuada de un hecho que nunca existió y que, de tanto relatarlo, ha acabado convirtiéndose en algo real, en algo que ocupa espacio en tu memoria con la misma presencia que aquellos recuerdos que realmente fueron vividos.

Es muy probable que haya sido yo mismo quien alterara la realidad creando en mi cabeza la evocación de una situación que nunca fue real. Sin embargo, tengo la más íntima impresión de que no fue así, de que aquel suceso (o, por decirlo mejor, aquel no suceso) lo experimenté realmente. En este hecho (creo), mi memoria es fiel. Tan fiel como sentir que mi vida tiene 24 horas vacías, que tiene un hueco oscuro en donde nada existe porque, quizás, nada existió.

Ese extraño espacio de mi vida sin experiencia sucedió (o no) cuando tenía tan solo once años, cuando era un jovencísimo escolar de la antigua Educación General Básica, la que se conocía como EGB, con la que se nos instruía en los postreros tiempos del régimen del dictador Franco.

Para contextualizar, he de decir que la escuela a la que asistía era privada, pero no como hoy entendemos ese concepto de enseñanza elitista a la que solo pueden acceder clases pudientes. No. Era muy modesta y asequible, adecuada a las familias de rentas bajas y familias numerosas del barrio popular donde vivía, al que le faltaba (casi) todo por hacer. De hecho, no había alternativa, pues aún no se habían construido ninguna de las escuelas públicas que, tiempo después, la nueva democracia trajo para disfrute (o no) de las siguientes generaciones de alumnos.

La nuestra era una escuela minúscula sin lo que hoy se le exige a este tipo de instituciones de enseñanza. Se trataba de dos pisos bajos de un edificio de vecinos con las habitaciones transformadas en aulas ocupadas por un viejo encerado y unos gastados bancos de madera a los que no les faltaban ni los huecos para el tintero, y que, probablemente, debieron de adquirir en alguna subasta de algún colegio más antiguo ya cerrado. La dirección, que también ejercía como profesorado, era bastante peculiar, casi sin formación didáctica y procedente de ámbitos tan alejados como la policía o el ejército, pero con una innegable y sincera vocación de convertirse en el estímulo de aprendizaje de los niños a los que enseñaban, que, en realidad, éramos muy pocos.

En ese espacio y en aquella época de política paternalista en la que vivíamos, el colegio era como una segunda familia, un entorno acogedor y cómodo en el que los niños pasábamos más tiempo que con la propia familia y en donde crecíamos con los compañeros que eran, además, nuestros amigos y vecinos.

Y cierta mañana, aquella que notaría la falta de un día, desperté y, tras desayunar, hice lo de todos los días: agarré mi cartera llena de libros, cuadernos, lápices y quién sabe qué cosas más y me dirigí, como siempre, a la escuela. Al llegar, me encontré, como también era habitual, con mis compañeros de clase que ya estaban dándole patadas al balón o corriendo por el espacio arenoso y sin asfaltar de enfrente del colegio. Nada raro. Todo normal, como cada mañana. Pensé que, como en otras ocasiones, el profesor se había retrasado y llegaba tarde para abrir las puertas, algo que siempre nos producía más alegría que preocupación. Casi como cada mañana.

Sin embargo, mis amigos se mostraron extrañados al verme cargar con la cartera de libros y me preguntaron qué hacía con ella. Miré alrededor y no vi que ninguno de ellos tuviera la suya consigo o tirada haciendo de poste de portería. Me quedé perplejo y mi estupor se convirtió en inquietud cuando me dijeron entre risas que en sábado no se estudiaba. Y ese día era sábado. Bromeé y fanfarroneé un poco pero sin ninguna convicción para salir del apuro pero, por más que estrujé mis recuerdos no conseguí acceder a nada de lo que sucedió el día anterior, el viernes, del que mis amigos me contaron muchas cosas que ocurrieron, incluso conmigo de protagonista. Pero no, no conseguí visualizar ninguno de esos acontecimientos tan cotidianos y tan importantes que habíamos vivido el día anterior. Era como si una de esas untuosas gomas de borrar que llevaba en la cartera hubiera pasado por mi cabeza durante el sueño y borrado los recuerdos de ese día, de esa nube de nada que se había disipado de mi memoria.

Y ese viernes nunca he conseguido recuperarlo. Ahora ni siquiera recuerdo (creo que nunca lo hice) los aconteceres que me contaron que habían ocurrido. Para mí, ese día está vacío y en él no existen imágenes, ni palabras, ni situaciones, ni sobre la escuela, ni sobre mis amigos, ni sobre mi familia.

Sé que nunca accederé a aquel episodio de mi vida más que como a un espacio oscuro, hueco, sin contenido, sin sustancia, sin materia, sin experiencias.

Pienso que cuando llegue mi fin, habrá quien diga que morí con tantos años… Creo que prepararé un epitafio para mi tumba que diga: “Vivió toda su vida… menos un día”.

 


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