Exhumación poética de “Moravagine” (Blaise Cendrars)

Gabinete de labios periféricos

 

Yo no creo que haya temas literarios, o mejor,
no hay más que uno: el hombre.

Blaise Cendrars

 

Conocía algunas obras de Cendrars, pero no fue hasta hace unos meses que, cerveza en mano, en el callejón de fumadores de un local donde se celebra la poesía semanalmente, el poeta Eduard Carmona me recomendó de manera ardiente y fervorosa la lectura de Moravagine. Le hice caso. Ahora el volumen, con traducción de Felipe González Vallarino, del que asoman papelitos adhesivos que marcan páginas con flechas y subrayados, reposa en mi gabinete, supongo que feliz.

La vida de Blaise Cendrars es otra novela imposible de resumir aquí. Pero podemos decir que el autor se espeja en el personaje de Moravagine y lo dota de su paroxismo vital, del arrojo necesario para vivir el compromiso radical con el viaje constante, con la aventura, con la vida. Cendrars, pese a haber perdido el brazo derecho en la Primera Guerra Mundial como soldado de la Legión Extranjera, no ceja en su objetivo de vivir y escribir como si ello fuera una sola cosa indivisible. En este sentido, acudo al poeta menorquín Ponç Pons, que acuñó el concepto “escriviure”, que podemos traducir por “escrivivir”. Así vivió Blaise Cendrars y así hace vivir, todavía con más pasión y una dosis añadida de locura fascinante, a su héroe Moravagine.

La novela es una novela total. Todo lo humano está en sus páginas: el amor, la belleza, el sexo, la guerra, la violencia, la codicia, la traición, la creación, la literatura, la política, la felicidad y la angustia de vivir y de morir. Todo. La voz narrativa es la del joven psiquiatra que, deslumbrado por el paciente Moravagine, lo ayuda a evadirse de un manicomio y, junto a él, vive las más alucinantes aventuras. Desde el primer conato revolucionario en la Rusia de 1905 (que Cendrars viviría en persona a los 18 años tras viajar en el transiberiano, lo que daría origen a una de sus obras más celebradas) a una aventura en lo más recóndito de la selva amazónica. Y sólo son dos ejemplos.

La novela es extraordinariamente contemporánea. No parece haber sido editada en un lejano 1926. Prueba de ello es que, en las primeras páginas, nos sorprende un alegato en favor de lo que hasta finales de la década de los sesenta no sería conocido como antipsiquiatría. Pero debo detener la perorata. Se trata de exhumar un poema. Para ello no utilizaré, como acostumbro, una combinación numérica, sino que en esta ocasión me centraré en las 18 marcas que acotan fragmentos o partes de capítulos que me han interesado especialmente durante la lectura. Las marcas se ubican el las siguientes páginas: 23, 42, 89, 101, 140, 150, 156, 180, 198, 212, 227, 237, 247, 250, 263, 285, 300, 304. De cada una de ellas obtendré un verso hasta formar el poema titulado, como era previsible,

 

MORAVAGINE

Fundamentalmente idealista
lo importante es sentirse feliz.
Un vicio que se quiere compartir,
un millar de oscuros dramas.

Comer estrellas y hacer caca;
como en todas partes,
cientos de miles de ejemplares de mi rostro
flujos de ideas de alta tensión.

Como sólo llueve en Nueva Orleans
todo se convertía en monstruoso
en el vacío con un millón de hormigueros.
Estaba arruinado.

Y nueve meses después
todo va de maravilla:
los frutos más puros del pensamiento.
A título de muestra,
en cualquier ocasión y en todo momento,
el mundo rebuzna de alegría.


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