Escritores, literatos y escribidores en masa

El martillo pneumático

 

La literatura no es, en absoluto, una finalidad en sí misma, como no lo es ninguna otra forma histriónica del quehacer de hombre.

Primum vivere.

En el mejor de los casos, la literatura es un método para aclarar y ordenar el pensamiento. No parece que pueda ser otra cosa.

En el mundo antiguo, los que escribían eran hombres despiertos cuya actividad estaba muy alejada de las letras, eran abogados, sacerdotes, incluso filósofos o militares; alguno de ellos practicó la esgrima con cierta habilidad, quiero decir que fue diestro en el uso del florete.

Aquellos hombres perspicaces tomaron la pluma para complacer a sus amistades o para obtener alguna reputación en su comunidad. El escribiente tenía poca confianza en que alguien le admirara por haber emborronado unas cuantas páginas. Escribía por placer, a veces por puro onanismo.

Hoy, sin embargo, el hombre escribe para ser leído y la literatura se produce como finalidad. ¡Horror, la finalidad!  ¡¡Horror: hoy existe el escritor!!

Estoy convencido de que el resultado del cambio ha sido infausto, luctuoso, ominoso, funesto, en fin, una calamidad y una desgracia. Y, a pesar de toda esta calamidad, el escritor continúa escribiendo y malviviendo, pues los que viven gracias a su pluma se podrían contar con los dedos de una oreja.

En la actualidad, la literatura es un tóxico, es el veneno de la sociedad. La literatura produce infelicidad y dolor. Excluyo cuatro o cinco versos de la Comedia de Dante Alighieri y muy poquita cosa más.

Estos textos actuales que han sido escritos con la única finalidad de ser leídos son solo una forma enajenada de la vanidad, son portentosamente cínicos, -¡Ay si me oyera el pobre Diógenes!-  son asombrosamente sensibleros, indignantemente patológicos y no contienen idea alguna, solo tristes eriales de palabras.

No quiero ofender a ningún artesano de la palabra -me perdonen las Musas-, sólo me reafirmo en mi vulgaridad y en mi materialismo pues de ellos no me puedo escapar, aunque Rilke lance su mirada desde Duino, Baudelaire excave en el vacío y Rimbaud baje al infierno para insultar a la belleza.


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