Esas miradas

Escalofríos

Aquel día me había levantado fresco y animoso, casi feliz. Como si la noche anterior y los excesos que cometí no hubieran existido. Parecía que había rejuvenecido unos cuantos años y sentía íntimamente que, incluso, mi cuerpo se había vuelto más flexible. Mi andar era casi risueño y tenía la convicción de que nada podría perturbar esa sensación tan estimulante y primaveral. Al cruzarme con gente en el paseo que estaba dando satisfecho, mi actitud era como de saludo hacia esos extraños con quienes me topaba, pese a no conocerlos.

No fue hasta una hora después de salir de casa cuando me di cuenta de una curiosa mirada que me dirigió un hombre con quien me crucé al caminar. Incisiva y penetrante; muy directa a mis ojos y constante durante todo el tiempo en el que estuvimos en el campo de visión uno del otro.

No conocía de nada a ese hombre y a punto estuve de saludarlo. Pero mi ánimo me hizo pensar que en una ciudad tan grande, tan llena de prisas y de estrés, un espíritu feliz es siempre llamativo.

Tranquilizado por mi optimismo vital, no di mayor importancia al suceso hasta que una segunda mirada parecida vino a cruzarse en mi camino. En esta ocasión fue una mujer mayor la que me observó detenidamente al pasar junto a ella, quien, incluso, volteó la cabeza para continuar mirándome una vez hube pasado a su altura.

Hice un esfuerzo para que nada de esto perturbase mi ánimo y, pese a que en mi cabeza ya comenzaban a bullir las preguntas que nunca les haría a esas dos personas con quienes me había cruzado, seguí imaginándome jovial y risueño, algo que poco a poco estaba alejándose de la realidad.

Esa falsa dicha se esfumó de golpe cuando, en un arrebato de sed, entré en un bar a tomar un refresco o una cerveza a fin de acentuar con ello mi deseo de celebrar mi mirada luminosa a la vida, cada vez más apagada y gris.

Al entrar en el establecimiento vi cómo las diez o doce personas que consumían sus bebidas mientras charlaban unos con otros se quedaban en silencio y volteaban sus cabezas para mirarme.

Mi estremecimiento fue absoluto pero, a pesar de ello, hice un esfuerzo por obviar lo evidente y, como si nada sucediera, me acerqué a la barra a pedir, algo balbuceante, una cerveza al camarero, que también me observaba sombrío.

Me sirvió la bebida y, para relajar mi nerviosismo, pregunté por los servicios. Quería aislarme unos momentos para recomponer mi cordura, ya un poco alterada.

Me dirigí a las escaleras que conducían al baño obligándome a no mirar a ninguno de los parroquianos que aún seguían en silencio y me observaban con aparente interés y, sin duda, con una desmesurada desfachatez.

Cuando, ya en las escaleras, me supe solo respiré profundamente como si hubiera salido ileso de un terrible trance, aunque la inquietud todavía me hacía temblar.
Al abrir la puerta del baño y acercarme al lavabo para mojarme un poco la cara, me vi reflejado en el sucio espejo de la pared.

Entonces, mis ojos se abrieron de forma casi desproporcionada al ver mi imagen reflejada. El aliento se me quedó congelado en la garganta y mi razón dio un vuelco desequilibrante al observarme.

Vi mi rostro reflejado en el espejo y parecía que nada raro había en él que pudiera atraer tanto la atención de los extraños.

Pero no me reconocí.

No sabía quién era ese que se reflejaba, con una expresión de pavor, en el lugar en el que debía estar yo reflejándome.


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