Eros en el triclinio

Amores brujos

 

Estaba Eros dibujando con un palo jeroglíficos de amor sobre la arena que había oscurecido con el charquito de una meada, cuando vio venir a Venus por los senderos floridos del jardín de la morada de los niños del Olimpo. Le pareció un poco cariacontecida y cuando la tuvo cerca, le preguntó qué le ocurría.

—Ocurrirme, no me ocurre nada, cariñito, que soy una diosa y a los dioses nada nos ocurre. Es sólo que estoy algo molesta por una petición que me ha dirigido uno de mis fieles en el templo de Venus Genetrix, frecuentado cada vez por mayor número de rastacueros y petimetres, no como en la época del fundador Julio César, cuando reinaba el respeto a lo divino y a lo humano. Ahora, ya te digo, cualquiera se proclama dios, como el imbécil de Calígula, y se ciñe con una corona de oro la cabezota de cabrón.

—Y ¿qué petición ha sido esa y quién te la ha formulado?— preguntó el niño divino barruntándose que tal vez en ello hubiera materia para una de sus trastadas.

—¿Conoces al senador Domicio Porcino?

—Pues no, ¿acaso debo conocer a todos los capullos de Roma?

—Es que éste es especial. Se ha pasado la vida acumulando riquezas y carguetes, sólo le falta ser pretor…

—Vaya novedad. Y emperador…

—Sí, pero eso son desideratas imposibiles. El caso es que nada en la abundancia, pero ahora que acaba de cumplir sesenta años, siente que no ha conocido el amor y se pregunta si tanto amasar riquezas, dejando pasar los años de las alegres diversiones que tú proporcionas, no habrá sido un grave error… Los hay que lo quieren todo.

—Pero ese señor, ¿no está casado?

—Pues claro, ¿conoces a algún senador que no lo esté? Pero ¿eso qué tiene que ver? Faustina, su mujer, opina como él: que ha perdido la juventud junto a un hombre gordo e insensible. Ella es madura pero no vieja. Tiene cuarenta años. Tenía dieciséis cuando se casaron y han engendrado cuatro hijos que les viven. La dama ha hecho méritos para tener un buen amante, pero hete aquí que es él quien quiere amores nuevos. Nada del otro mundo. En todas partes cuecen habas.

—Y acude a ti en el templo, llevando como víctima propiciatoria o regalo de suplicante, ¿qué…, una grulla trompetera? Es lo más parecido a una paloma gigante.

—Acude a mí creyendo que sus cuitas son de mi jurisdicción, y me pide en sus ruegos que le ayude a enamorar a su sobrina Clodia, de la que se ha encaprichado en su vejez. Ella no es una virgen quinceañera, sino una cortesana treintona, pero está de muy buen ver.

—Bueno, ¿y cuál es el problema? Si me lo hubiera pedido a mí ayudaría al jodido viejo, aunque sólo fuera para reírme un poco.

—Pues ayúdale, tú que puedes. En realidad, tú eres el único que puede, pues la tal Clodia no está por la labor. Ella quiere al joven bitinio Quereas, al que lo mismo le da la carne que el pescado con tal de que caiga algún regalito.

Anteros, que se ha acercado a la tertulia, se atufa un poco. No le gusta que su hermano actúe para reírse de la gente. Para él el amor es una cosa muy seria, como en el fondo lo es también para Venus, capaz de repartir puros y ardientes afectos entre Marte y Vulcano, aunque suscite la risa del Olimpo.

Eros se pone en marcha. Ajustadas las sandalias a los bellísimos pies, el carcaj colgando del hombro y el arco terciado, se lanza al éter seguido por Anteros. Ganimedes, que trae una bebida a Venus, los ve partir y se ríe por lo bajito:

—Ya va ése a hacer alguna trastada— dice, escanciando en la copa de cristal sirio de la diosa un trago de néctar.

—Sí —afirma ella con cierta tristeza—. ¡Para qué le habré dicho yo nada…! Quédate conmigo si quieres presenciarlo y me haces compañía.

—Lo siento, no puedo, dómina. He de preparar un refrigerio para el Padre.

Venus se tiende en un diván de nubes y ve a los Erotes entrar en casa de Domicio Porcino por el impluvium del atrio. Son tan lindos que parecen formar parte de la decoración, pues en casa de Faustina, Eros y Venus abundan por doquier, aunque en efigie. El triclinio está preparado para el banquete. Domicio Porcino ha invitado a cenar a miembros de su familia entre los cuales no podrá faltar su deseada Clodia, que, en efecto, ahí viene majestuosa e indiferente, enamorando a jóvenes y viejos con su madurez perfecta y su aura de perfumes orientales.

—Cielos, con qué gusto voy a clavar un dardo a esa coqueta y al senador barrigudo. No habrá amor como el suyo, ni el de Paris y Helena, ni el de Aquiles y Patroclo— dice Eros a su escandalizado hermano.

—No lo hagas, chico, deja que el acaso les una si es su destino, pero no pongas tu sello sobre una unión indecorosa— replica Anteros.

—¿Indecorosa por qué? El senador que se divorcie de Faustina y la deje suelta y libre para que pesque a algún gladiador, y él que se entregue en cuerpo y alma a esa hermosa arpía, imponente como una yegua, que le hará vivir de nuevo. El matrimonio se ha hecho para eso y por los hijos, y estos todavía podrían tener alguno, porque a la tal Clodia se ve claramente que no se le han secado los fundamentos.

El banquete fue tan magnífico como el de Trimalción, salvo que en él abundó más la bebida que la comida, hasta el punto de que los Amores picotearon algún lironcillo asado, engordado en la oscuridad, alguna tapa con garum, algunas rosas de bayas confitadas, pero sobre todo bebieron fresco hidromiel espumoso, de bello color dorado, que los hombres comparan, en su necedad, con el néctar de los dioses. De todas formas, estaba rico, y tanto trasegaron uno y otro, que cayeron entre cojines en un rincón de la sala riendo como locos, cosa que nadie oía porque el triclinio estaba para entonces en ebullición, a lo que contribuía un cuerpo de danza griego que ejecutaba un kordax con muchísima galanura.

En esto que Eros recuperó la lucidez o el sentido de la responsabilidad y, mirando agudamente la mesa alrededor de la cual se hallaban recostados los convidados, dijo para sí:

—Este es el momento, antes de que empiece la desbandada.

Y armando sus instrumentos, apuntó al hígado del senador Domicio Porcino y le lanzó una flecha con punta de oro que se clavó en su objetivo rotunda aunque discretamente. De inmediato puso el niño otra de sus mortíferas y dulces saetas en el arco de tensa cuerda y, equivocándose esta vez lastimosamente de objeto por lo mucho que había bebido y por el vaivén de los comensales, acertó de pleno en el corazón de Faustina. Ambos esposos cambiaron una mirada que hubiera incendiado Roma de haber sido la época de Nerón. Tras una treintena de años de matrimonio y nueve nietos, habían recibido un indudable flechazo.

¡Cuánto se rió y con cuántas ganas la rubia Venus en su colchón de nubes! ¡Y cuánto las Gracias y las hijas de los dioses! ¡Y el bueno de Anteros! Yo también me río, porque al fin y al cabo, tenemos aquí —algo poco usual— un final feliz protagonizado por el travieso Eros, que escapó escaldado, haciendo eses.


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