Epifanía

Ultramarinos y coloniales

 

Salió a pasear el día de reyes por la mañana. Las calles de la ciudad estaban desiertas y se respiraba un aire primaveral, impropio de la época. De repente la vio, Ramblas abajo, caminando hacia él y sonriendo. Llevaba un abrigo negro y el pelo cobrizo recogido en una cola. Las manos en los bolsillos del abrigo; el caminar indolente. Parecía haber resistido bien el paso del tiempo y se acompañaba del mismo gesto informal y algo pícaro que tenía cuando la conoció. Los ojos chispeantes, y una sonrisa burlona agazapada tras unos labios tiernos, acogedores. El corazón le dio un vuelco. Hizo un rápido cálculo y le pareció increíble, pero sin duda era ella, treinta años después.

– ¡Ostras, Charito!, ¿qué haces por aquí? – la interrumpió, abrazándola con torpeza, y se dejó embargar por una emoción primitiva, una alegría que se elevaba desde algún rincón profundo de su alma. ¡No puedes imaginarte la de veces que he pensado en ti! –continuó nervioso, improvisando, mientras trataba de tomar conciencia de aquel encuentro casual. ¡Si supieras cómo te he echado de menos! Quise buscarte, pero nunca me decidí –la sinceridad, de repente, le salía a borbotones. He soñado mil veces que me plantaba en Pontevedra, que te encontraba y volvíamos a empezar, como en las películas. Todavía sueño que te recupero y logramos ser lo que no fuimos, que olvido mis proyectos y reorganizo mi vida, esta vez a tu lado. Pero bueno, cuéntame de ti, ¿cómo estás?, ¿qué ha sido de tu vida?, ¿tomamos algo?

Se sentaron en el Café de la Ópera y pidieron cafés con leche y unos churros, y ella se dejó coger la mano y acariciar la nuca, mientras él seguía hablando del pasado y del presente, y de la casualidad, que a veces es un tropiezo y a veces una oportunidad para cambiar de carril o para salir del pozo. Esa casualidad que abre perspectivas, ayuda a respirar y renueva esperanzas. ¡Se arrepentía tanto de lo que no había sabido hacer! Por eso, quizá, cuando acabaron de desayunar y ella cedió a sus caricias y le besó en los labios, decidió romper con la rutina y le pidió que le acompañara a algún hotel cercano para recuperar el tiempo perdido, porque quería beberse el placer a cubos y, si era preciso, atragantarse, dejándose llevar hacia alguna de las verdades que presagiaba aquel encuentro.

– ¿Sabes que este tropiezo te va a costar una pasta? –murmuró ella cuando se cruzaron con un cajero automático. Los condones los llevo en el bolso. Y le sonrió tan dulcemente que él ni siquiera se sintió molesto.

Ya contaba con ello. Lo sabía: sabía que le iba a cobrar. Ella era así, llevaba toda la vida en el negocio. Ya lo hacía cuando era menor de edad, de la mano de su madre, quien la metía en la cama con alguna gente adinerada de Pontevedra. Pero entonces era diferente. Él no podía liarse con Charito: él estaba estudiando en Madrid y carecía de coraje. Tampoco tenía experiencia con las mujeres y no se vio capaz de hacer frente al asunto. Sin embargo aquel día todo era distinto. Ahora él era un hombre maduro, curtido en frustraciones, capaz de hacer lo que no hizo entonces y abandonarse a un deseo antiguo y voraz.

– Lo sorprendente, Charo, es que te mantengas tan guapa a pesar del tiempo que ha pasado. Así sucede con muchas mujeres, que sabéis cuidaros y tenéis clase… Yo, en cambio, no puedo disimular mi aspecto de cincuentón –se excusó mientras, embelesado, la miraba desnudarse al trasluz de aquel balcón de las Ramblas. Acabé casándome con una compañera de trabajo y tengo dos hijas, una de veinte y otra de veinticuatro. Ya ves, una vida convencional.

Ella le miró con cariño y comprensión. Reflexionó un momento, respiró hondo y se decidió a hablar.

– Pues yo ya he pasado de los treinta, querido, pero me conservo muy bien– y con rápido gesto se coló en la cama y le abrazó con el entusiasmo de una gran profesional. Me alegro de poder darte satisfacción. Me alegro por ti, por mí, y también por mi madre. Sepas que estás en la cama con tu viejo amor, sí, pero encarnado en el cuerpo de su hija. No eres el primero que me confunde con ella. El mismo nombre, los mismos ojos. Eres un cielo, cariño, así que calla y escucha la verdad: mi madre ya no está con nosotros, se la llevó hace unos meses un cáncer traicionero, pero se alegraría de que nos hayamos encontrado y nos amemos. También quiero decirte que no vivo en Pontevedra, sino aquí, en Barcelona. Luego te daré mi móvil y así podrás llamarme y repetir. Pero ahora dejemos de hablar del pasado y vayamos a lo nuestro. ¡Alégrate, y levanta esa moral!

Una rato después bajaron juntos la escalera del hotel y se despidieron con un beso en la mejilla. Ella se fue Ramblas abajo; él compró un roscón de reyes y una planta para su mujer y decidió dejar para otro día la reflexión sobre el suceso.


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